Ni troyanos ni joteros

Visor

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Estando becado en Roma en 1818 el escultor José Álvarez Cubero realizó un modelo en yeso que representaba a Antiloco y a Nestor, héroes de la Iliada. Y griegos, claro. Muy griegos.

Una vez expulsado José I del trono español y convertido Álvarez en escultor de cámara de Fernando VII, en la corte de Madrid pretenderá trasladar la citada obra a mármol.

Es entonces cuando, tal vez buscando el patrocinio real, argumentará que su primera intención había sido dedicar una escultura a un padre y un hijo zaragozanos combatientes en los Sitios, de los que le había llegado el relato. Por acomodarse a la censura bonapartista, dijo, es que se vio obligado a personificarlos en Antiloco y Nestor.

La década Ominosa no era dada a tiquismiquis. Nadie alegó que en Troya los griegos no fueron los sitiados sino más bien los cabrones sitiadores, el subterfugio a José Álvarez le fue dado por bueno y la obra pasó a titularse “La heroica defensa de Zaragoza”, culmen, parece ser, del clasicismo español. Esculpida en mármol de Carrara triunfó en el Prado en 1827 y hoy adorna uno de sus accesos.

Es obvio que los personajes no llevan cachirulo. Tampoco calzan abarcas. De hecho el joven no viste absolutamente nada. Quizá por eso adelantándose a los maldicientes dijo entonces de la obra la “Gazeta de Madrid”, «descollará sobre encomios mezquinos y perecederos», en un artículo firmado por el crítico José Reinoso, un perfecto afrancesado luego acomodado al régimen fernandino, cuya élite cultural comulgaba con todo tipo de roldanas.

Cabe recordar que un ex miembro de dicha élite morirá en Burdeos un año más tarde, incompatible con la estulticia vigente en España. En su caso sí, tras haber representado a decenas de combatientes con la fidelidad de una Polaroid.

Pasaron algunas décadas hasta 1892, cuando el escultor madrileño Federico Amutio presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1892 una propuesta titulada “Por la Patria 1808”, con la que obtuvo un tercer premio.

Con un esquema similar al de Álvarez Cubero, un paisano remangado defiende a culatazos a un compañero herido que yace entre sus piernas. Hay menos gloria y más angustia que en la escultura del Prado y quien la contempla entiende enseguida la desesperación del patriota, que no dispone ya de la munición —o de tiempo para cargar el arma— y ha de usarla a modo de garrota. Aquí el caído no es un anciano fornido y furibundo sino un zagal completamente aturdido.

La obra en yeso, sin ninguna referencia explícita a Zaragoza, fue adquirida por el Estado, en principio para el Museo del Prado, de donde pasará en 1898 al recién creado Museo de Arte Moderno, en el que se custodió hasta la década de los cuarenta, cuando convertido en su propietario el Ayuntamiento de Zaragoza la llevó a bronce a fin de adornar la Casa Consistorial. El original quedó exhibido en el Museo Provincial coronando la escalera principal, donde fue fotografiado por su director, José Galiay.

En 1946, a un año del centenario de la muerte de Palafox, le fue encomendada al General Amado Lóriga la misión de crear un Museo de los Sitios, filial y dependiente del homólogo del Ejército.

Instalado en dependencias de la Academia General Militar fue llenándose con obras procedentes de diversos lugares, en especial del Museo Provincial, que cedió algunos de sus cuadros más conocidos. ¿Quién iba a negar en esas fechas favores a la Gloriosa Infantería? Máxime sabiendo que a pesar de lo poco que le agradaba pasar el alto de la Muela el propio Caudillo estaría presente en su inauguración.

Entre las piezas cedidas estaba el original de Amutio, que al parecer fue colocado al pie de la escalera, “frente a la puerta que da a la Avenida del Ejército” (*).

Dicho Museo duró sólo cinco años. Se clausuró en 1951, siendo las obras devueltas a sus lugares de origen en el mejor de los casos. Otras se perdieron. Sólo siete años después, para celebrar el 150 aniversario de los asedios otra gran exposición ocupó la Aljafería, mas ello tampoco significó la consolidación de un museo permanente.

El remate de la historia lo puso cierto miembro del Consistorio zaragozano que le había cogido ojeriza al obelisco de Ricardo Magdalena dedicado a los defensores del Reducto del Pilar, ubicado en la glorieta Sasera desde 1909. La historia no oficial cuenta que en uno de los bancos próximos al monumento dicho concejal había sido rechazado por la hermosa Purita Cobarrubias, quien consumida de pasión hacia un divisionario preso en la URSS prefirió esperarlo hasta su liberación. Sea esto verdad o mentira, que es lo segundo, en la remodelación de la glorieta de 1963 el obelisco fue retirado (y de paso extraviado) suplantándole la escultura de Amutio, rebautizada ahora como “A los Defensores del Reducto del Pilar”.

Pudo dejarse tal cual estaba, pero para que nadie albergase dudas se grabó en su pedestal la frase que durante medio siglo se había podido leer en el monumento anterior, nunca presente sin embargo en la mente del artista creador; “Por la Virgen / del Pilar / vencer o morir /MDCCCVIII”.

Ahora ya todo casaba. Con el añadido de dos cañones, falsos como una peseta con la cara de Manolete, quedó listo el patriótico escenario.

La glorieta Sasera aún fue remodelada dos o tres veces más desde entonces, siendo en la actualidad imposible contemplar de cerca y de frente la escultura. La inscripción del propio Amutio situada en su base, “Por la Patria, 1808”, casi resulta ilegible.

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Ficha de la Fototeca de Patrimonio Histórico. Archivo Ruiz Vernacci.

Fotos: Galiay (AMZ), Mora Insa (AHPZ) y Sancho Ramo.1963 (AMZ)

(*) http://www.asociacionlossitios.com

Ya que ellos no lo cuentan lo contaré yo:

Manifestacion 3. Zaragoza.

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Historia de un caserón. c/ Manifestación nº 38

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Inocencio. (c/ Cuatro de Agosto)—

La primera vez que entré a la librería de Inocencio Ruiz yo poseía edad y capitales por igual; no llegaba a los veinte años y tampoco a los veinte duros.

El librero intercambiaba con un cliente pareceres respecto a un artículo de Heraldo y la irrupción en la tienda de un mocoso con barba rala y cazadora de cremalleras no era razón para pausar la charla. Yo dignifiqué mi descoloque fingiendo interés por unos tomos marrones que ocupaban un tramo de estantería. Por el tono de la conversación deduje que la relación entre los dos señores era cordial y tardé un poco más en percatarme de que el que portaba la gabardina plegada en el brazo era Luis Gómez Laguna.

Cuando por fin Don Inocencio se me dirigió no cometió la maldad de preguntarme si estaba interesado en los 39 tomos, pues los que yo aparentaba investigar resultaron ser unos apéndices de la Espasa. Desprovisto ya de la inercia que me había llevado hasta allí extraje receloso de una bolsa el primero de los quince volúmenes de “los Tres Mosqueteros”, en una esmerada encuadernación de Reader´s Digest cuyo valor bibliofilo yo tasaba paralelo al devocionario Rothschild. Ruiz dijo que lo sentía pero que esas colecciones compradas por correspondencia no le interesaban. Resignado y por no irme tan pronto me quedé revolviendo entre los libros de poesía en tanto él retornaba a su coloquio. Enseguida hallé unas obras completas de Miguel Labordeta, de Javalambre, sin precio marcado. Al aproximarme al mostrador a preguntar, suponiendo que a Gómez Laguna mi cara se le haría remotamente conocida me presenté;

Don Luis, soy el hijo de Ríos, al que usted le tiene arrendado el ático.

Él movió afirmativamente la cabeza. Ya te veo —dijo—. Eres pues familia de Esperanza y Pilarín —añadió—.

——Esperanza——

En 1904, con 14 años y procedente de Uncastillo Esperanza Serrano vino a Zaragoza a “servir”. Se colocó en el hogar del matrimonio Gómez-Arroyo. Él, Manuel Gómez Revuelta, perteneciente a una saga de comerciantes de tejidos asociado con su pariente, Sancho Arroyo, había hecho medrar desde 1901 a la razón “Gómez y Sancho”, que en sus orígenes había estado adosada al palacio de Sobradiel, frente a la plaza de San Antón, y tras una división se mudó a la proa de la calle del Temple con la de la Roda (Santa Isabel).

Tres décadas atrás, para el caserío medieval la apertura de la calle de Alfonso había sido un hecho traumático pero no definitivo. En 1879 el plano mostraba todavía bocacalles irregulares incompatibles con la modernidad. A esta resistente red vial no le quedaría otra que someterse a las anchuras preestablecidas por los edificios esquineros levantados en Alfonso, y dado que en la mayoría de los casos las fachadas de las antiguas casas diferían de forma radical con la alineación planificada, su conservación resultaba implanteable (*).

Ansiosos por levantar en su lugar impecables edificios novecentistas los próceres urbanos adquirieron aquellos solares agrupados de a dos o de a tres. Es en ese contexto en el que en 1893 Julio Bravo proyecta el que ocupará la superficie de los números 76, 78 y 80 de la calle de la Manifestación, finca propiedad de Manuel Gómez Revuelta que será ampliada cuando en 1902 se le anexionen un nuevo inmueble por el lado de Santa Isabel y otro por el callejón de las Once esquinas (al que la apertura de Alfonso dejó con cinco).

En el nuevo inmueble la sociedad “Gómez y Sancho” ocupaba la totalidad de los locales comerciales en tanto la residencia familiar de los Gómez abarcaba el entresuelo, siendo dados en arriendo los tres pisos superiores, dos por planta, y quedando en el ático dos viviendas destinadas al servicio.

Estas últimas, con escasas vistas por hallarse retranqueadas por encima del alero (a través de las mansardas sólo podía verse el cielo y el chapitel de la torre del Pilar) son las que me atañen.

Dado que hasta bien entrada la centuria la llegada del agua corriente a los pisos altos fue un asunto dificultoso, en las buhardillas recuerdo haber visto unas tinajas más altas que yo a mis 8 años, que cántaro a cántaro serían llenadas para surtir a los moradores. En cualquier caso abajo, al fondo del zaguán, existía una fuente de fundición. También una escalera que descendía al “caño”, pasadizo que se hundía en la ciudad romana y era utilizado por los vecinos para enfriar agua y alimentos. Por más que la amplísima caja de escaleras posibilitase la instalación de un ascensor, nunca estuvo entre los planes de los propietarios, a quienes el avance del XX pareció despreocuparles, hasta el punto de que en el portal de la finca no existía más timbre que el de los Gómez. Nunca fue posible llamar desde la calle a los pisos superiores y jamás se instaló portero automático. Hay quien dice que se valían de algún tipo de código a base de aldabonazos, pero los grandes aldabones de bronce desaparecieron en algún instante de mi infancia. De cualquier modo las dos grandes hojas del portal solían estar abiertas de par en par desde la mañana, dejando franco el zaguán, alfombrado desde su primer tramo hasta el descansillo de “los señores”, no sin cruzar antes las puertas dobles de cristal con sus iniciales grabadas.

G+¦mez y Sancho

Otra portezuela lateral sin necesidad de salir al exterior daba paso al comercio, que no difería en su instalación de muchos otros del ramo; columnas de hierro, radiadores soportados por patitas de león y florones tallados en estantes y mostradores. Sendos habitáculos de ebanistería modernista cumplían la función de caja y de despacho. Siempre la conocí sin escaparates. Aseguraría que no los tuvo. El conjunto era elegante, sin excederse, y austero, excediéndose un poco. De la persiana hacia afuera a la firma “Gómez y Sancho” le bastaba con un rótulo esmaltado, mostrando cierto desdén hacia la publicidad sensual y abigarrada de su tiempo, así como a los alardes decorativos habituales en la arquitectura comercial.

Gómez Revuelta falleció en 1906, quedando su parte del negocio en manos de su hijo, Manuel Gómez Arroyo.

Trabajaba a su servicio Esteban Casamayor, que ejercía como chófer. Esperanza y Esteban se ennoviaron y no tardaron en casarse. En 1923 tuvieron una hija, Pilar, pasando a ocupar uno de los pisos del ático antes citados.

——el Alcalde——

Tras un cambio de siglo prometedor Zaragoza se desperezó, se desabrochó el corsé, se cortó el pelo, y votó.

Pretendía ser una ciudad libre y oreada hasta que aparecieron unos chulos con botas altas que le arrearon un sopapo y le ordenaron que volviese a ser la decente de siempre. Eso de parecerse a París era propio de putas, le dijeron.

Ni qué decir tiene que los susodichos no actuaron solos. Necesitaron de sólidos apoyos exteriores. En noviembre de 1936 la “Legión Condor” estableció base en Sevilla, adonde fue enviado Luis Gómez Laguna, hijo mayor de Manuel Gómez.

El joven, que pensando en la carrera diplomática había sido instruido en varias lenguas, prestaría servicio como intérprete de alemán a los aviadores del III Reich. Se había alistado en el ejército franquista tras el 18 de julio. Un año después dado que era un experto montañero pasó a desempeñar el empleo de capitán en la Compañía de Esquiadores del Valle de Tena.

En consecuencia al acabar la guerra Gómez Laguna, además de su juventud y unos buenos capitales poseía un magnífico expediente en el ejército vencedor, al que se sumaba su pertenencia a Falange desde el minuto cero. En 1939 y con España todavía humeante fue nombrado concejal del Ayuntamiento de Zaragoza y en 1944 pasó a ser diputado provincial.

Cuando en 1942 falleció su padre tomó las riendas del negocio familiar y por ende posesión del edificio. Un año antes había contraído matrimonio con María Valenzuela Alcíbar-Jáuregui.

Fue en la inmediata posguerra cuando se reordenó la numeración de las fincas de las bocacalles de Alfonso. El que hasta entonces había sido nº 80 de la calle de la Manifestación pasó a ser el 38, al tiempo que el nombre de la calle perdía el artículo determinado que definía al ancestral derecho aragonés, quedándose en Manifestación, a secas.

También en ese mismo periodo una de las hermanas de Gómez Laguna, María Teresa, se casó con Alejandro Palomar Palomar, hijo del médico Alejandro Palomar de la Torre y de Dolores Palomar Giner.

Vecinos de parroquia éstos tenían su residencia, así como la “clínica de los ojos” de la que él era titular, en el peculiar caserón que cerraba la Plaza del Pilar por su lado Oeste, con entrada por la calle de La Regla, inmueble derribado en 1942 como parte del arramblamiento necesario para realizar la “avenida de las Catedrales”. Pocos años antes el arquitecto Regino Borobio había levantado para ellos el gran edificio de ocho pisos de la esquina de Sanclemente con la plaza de Castelar, adonde se trasladarían, ubicándose en la entreplanta la nueva clínica oftalmológica.

Este enlace entre la hija de Gómez Arroyo, a quien Esperanza habría cuidado desde niña, y el hijo de los “los palomares”, como mi tía les decía, la llevó a desplazar su desempeño al domicilio de los recién casados.

Esteban murió en 1946. A mi “tía” la conocí a sus casi 80 años y recorriendo aún a diario el camino entre su casa de Manifestación y su trabajo en la que tras la guerra pasó a conocerse como plaza de José Antonio.

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——El piano——

Sería 1947 cuando mi abuelo José pidió a Esperanza —eran paisanos— que mediase con los Gómez-Valenzuela para que le alquilasen el piso contiguo al suyo, vacío desde hacía un tiempo. José deseaba instalar allí su vivienda y el taller de sastrería. Los caseros aceptaron.

No aburriré (más) pormenorizando asuntos estrictamente familiares que interesarían solo a los estrictamente familiares en el caso de que estuviesen estrictamente vivos, que no lo están.

Sí deseo contar al menos que empeñado mi abuelo en que su hija Rosaura se convirtiese en pianista la puso bajo la tutela de Dña M.ª Ángeles Sirvent, años atrás profesora de Pilar Bayona.

Pero cualquiera que pretenda hacer de su hija una pianista necesitará de un piano. Recordemos la ausencia de ventanas a la calle e imaginemos la ascensión de un piano por los catorce largos tramos de escalera. Al ser imposible la adquisición del instrumento recurrieron al alquiler. El arrendador era Mariano Gracia, quien además se encargaba de la afinación. Más tarde propietario de la conocida como “Sala Rono”, a Mariano su amor por los teclados le hizo merecedor de que su apellido hoy lo ostente una de las salas del Auditorio de Zaragoza.

Así mismo en el taller de mi abuelo se formó en los principios del corte un chaval de Leciñena que después marchó a París y se hizo modisto. Cuando regresó puso una gran tienda en la calle de Escar y consiguió que en ella se vistiesen las damas más elegantes, rancias, finas y pudientes de Zaragoza. Tras las densas cortinas de su probador Antonio Marcén pudo reírse de los miserables que años atrás le habían amargado su poco disimulada homosexualidad.

En 1954 el Sr Gómez Laguna pasó a ser alcalde de la Inmortal, exitoso cargo en el que se repitió hasta 1966, pues la suya fue una legislatura serena en la que no sufrió el acoso de la oposición ni hubo de responder a preguntas chungas de la prensa. Abandonó la alcaldía para ser procurador en cortes en 1967.

——Quien suscribe——

Juro que voy terminando, pero el caso es que tal como ha derivado el relato para zanjarlo he de traer a colación —pásmense— al presidente Eisenhower, pues aunque finalizada la Guerra Mundial los EEUU habían repudiado a Franco por fascista, sobre 1951 los guiños cómplices llevaron al roce y éste a la cópula que propició la instalación de una base militar extranjera en las tierras que el Batallador y Agustina se habían roto el culo defendiendo.

Dando por sentado que con semejantes amistades el dictador se haría viejo en el Pardo mi abuelo optó por emigrar. La familia marchó a Uruguay, un país prometedor aunque escaso en hectáreas. Mi abuela Pascuala y él murieron allí, medianamente jóvenes en plena búsqueda de la prosperidad. El resto sucedió rápido: en Montevideo mis padres se conocieron, un día fueron a ver West Side Story (esto es de mi cosecha), al otro se casaron y de resultas nací yo. Hasta que concluidos los años sesenta la república Oriental del Uruguay, hasta entonces ejemplar en muchos aspectos, comenzó a torcerse y mis padres decidieron venir a España, a punto por entonces de “transicionar”.

Debido a ello terminé de crecer aquí. Yendo con frecuencia de visita a casa de la tía Esperanza y Pilarín.

Crío habitante de un piso modesto del ultra-barrio de San José me emocionaba ante los grandes espacios de aquel edificio con pasamanos de bronce, suelos ajedrezados, infinidad de placares y decenas de recovecos. A pesar de haber engendrado allí a diez hijos no se percibía gran actividad en la finca de los Gómez-Valenzuela. En el segundo derecha vivía un canónigo del Pilar que bajaba la escalera con la misma parsimonia con la que la hubiese bajado en tiempos de Galdós. El dieciochismo lo rompían cada mañana los tacones de mi tía Pilarín cuando iba a su trabajo. Detalle curioso es que en el descansillo entre los pisos principal y primero (en la práctica 2º y 3º) tiempo atrás alguien instaló una banqueta empotrada en la pared.

En 1982 a mi padre se le ocurrió que el viejo piso donde él mismo había vivido, que llevaba años vacío, era óptimo para instalar un taller de confección. Abordó a Gómez Laguna y la historia se repitió calcada. Para entonces el caserón lo administraba un empleado de confianza, al que después el ex-alcalde moviendo alguno de sus católicos hilos colocó de ordenanza en el Pilar. Y es que no demoró mucho Gómez, tal vez por superarle aquel primer trecho de marmóreas escaleras, a marchar a vivir a otra propiedad con ascensor, creo que por la subida Cuéllar.

Despejada la zona del patriarca sus deudos tampoco tardaron en reclamar las pocas viviendas ocupadas. Por ser gente con escasos recursos (no digo de qué tipo) se vieron forzados a vender el edificio. La empresa que en 1993 acometió la posterior reforma/exterminio se esmeró. Resistió solo el zaguán, entiendo que porque no tuvieron otro remedio. Las carpinterías modernistas fueron facturadas. Espero que no fracturadas y que de ese modo todavía embellezcan algo.

Luis Gómez Laguna falleció en 1995, posiblemente sin ver el chandrío.

Entré sólo una vez a la “Piedra de Blarney”, local de copas que se abrió en el mismo espacio donde antaño las damas con corsé adquirían rasos celestes para sus hijas púberes. En los lavabos de caballeros, sobre los urinarios y a la altura de la cabeza, existía un enorme ventanal que posibilitaba el orinar sin dejar de ver la pista de baile, desde la cual a su vez se te veía la cara mientras orinabas.

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(*) Una excepción, recientemente puesta en valor, es la de la finca del nº 24, cuya alineación del siglo XV por pura casualidad coincidió con la XIX, la llamada hoy “Casa Platerías”.

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ca. 1900. Desde uno de los balcones del edificio. Archivo Gómez Laguna. AMZ.

Revista “Paz y Buena Voluntad”. 1925. BNE.

1973 y 1976. Gerardo Sancho. AMZ

Años 80. Gerencia de Urbanismo. AMZ.

Dibujo. José Luis Mermejo Labrador, 1987. Colección Manuel Ordóñez.

Plano General. Casañal de 1879. Alineación del tramo de la calle de la Manifestación.

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“Historia de una casa de comercio zaragozana” Gómez Laguna, Luis. (“La Cadiera”) Librería General, 1957.