Fernando II, la Liga ACB y un gol al Sevilla.

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Cuesta creer que a sus escasos dieciocho años Marina Moreno compartiese la belicosidad de sus camaradas, sin embargo fue por auxiliarles por lo que esta joven falangista perdió la vida en los primeros días de la guerra. Durante los cuarenta y dos años siguientes llevaría su nombre el tramo de paseo que sobre el soterrado Huerva corría entre la plaza de Paraíso y la calle Mefisto. Llamado durante la República, Avda de Galán y García Hernández, en algunos proyectos aparece rotulada como “Gran Vía sobre el río Huerva”.

El ambicioso Plan General de Ensanche proponía que esta avenida entroncase con otra que atravesando Miraflores condujese a la carretera de Castellón, que así enlazaría con las de Madrid y Logroño por el Pº de Pamplona y con la de Valencia por la hoy Gran Vía. El subdesarrollo de posguerra impuso al plan cuatro décadas de espera y no fue hasta 1978 que tras la amplia curva del Pº de Marina Moreno una línea recta alcanzó la Avda de San José, tronchando una a una las lechugas de las huertas. En la margen derecha del arramblado se urbanizó después el parque Miraflores. Al menos que quede el topónimo, dijeron.

Teníamos una avenida nueva. Ahora precisábamos de un nombre.

Hacía relativamente poco que la prolongación de la calle de San Juan Bosco era conocida como Avda alcalde Gómez Laguna. Heredero de una saga de prósperos comerciantes, Luis Gómez se alistó en el ejército alzado al inicio del conflicto y fue nombrado concejal apenas éste finalizó, llegando en 1954 a ser alcalde. Tras doce años en el cargo, designado procurador en Cortes, para sucederlo en la alcaldía y a propuesta del gobernador civil, González Sama, el Ministro de la Gobernación nombró a Cesáreo Alierta Perela.

Que es adonde quería yo llegar.

Cesáreo Alierta, al igual que su antecesor era abogado y como él en 1936 se había incorporado al bando nacional. De oficial de complemento pasó a la Legión, obteniendo surtidas condecoraciones. Prosperado en tiempo de paz merced a los negocios, en 1952 aceptó la presidencia del Real Zaragoza.

Los mencionados proyectos de ensanche de los años treinta contemplaban la elongación de la Gran Vía y la creación en ese segundo trecho de una amplia plaza que con el nombre de plaza de España serviría de antesala a la naciente ciudad universitaria, idea a la que de nuevo estorbó la maltraída guerra. Dado que dejó de tener sentido el que la céntrica plaza de la Constitución se siguiese llamando así, fue a ésta a la que los nuevos ordenantes renombraron plaza de España. Mientras, la urbanización del famoso ensanche se estancaba, dándole a la explanada previa el apelativo de “campo de la Victoria” a la par que la plaza aneja a la Universidad era inopinadamente rebautizada como plaza de San Francisco, un santo absolutamente ajeno, por no decir opuesto, a las artes y las ciencias.

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Llegado a este punto y aunque sea mucho retroceder, es preciso hacerlo a octubre del año 1469, fecha en la que en un lugar tan alejado de Zaragoza como Valladolid, Isabel y Fernando contrajeron matrimonio. En su día la madre del novio se las arregló para romper aguas en tierras de Aragón, segura de lo fundamental que su parto llegaría a ser en la Historia. Si al franquismo los reyes anteriores a Fernando le servían para rotular una calle pero para poco más, la figura del Rey Católico sí respondía a sus intereses políticos; unificador de España, persecutor de los judíos, hombre religioso y buen marido (perdón, he tenido un ataque de tos), de modo que en 1969 se celebraba el V centenario de la boda más trascendental de aquella España idealizada, coincidiendo la efeméride con las fiestas del Pilar. Éstas se iniciaban el sábado 11 de octubre con don Cesáreo Alierta leyendo el pregón en el balcón del Ayuntamiento. A su vera, la reina de las fiestas, de nombre, Elvira Horno Octavio.

Un año antes Alierta había contactado con Juan De Ávalos, quien en la década anterior había tallado el mausoleo de Los Amantes. Sin que mediase concurso De Ávalos dio forma al Rey Católico, llevado a bronce en una figura de más de 5 metros elegante y majestuosa. El monarca joven, sin corona ni atributos magníficos sujeta la espada por el filo a modo de cruz. En el pedestal una inscripción reza “Zaragoza a su gran rey”, bajo un relieve que representa la boda. Por la parte de atrás existió antaño un escudo de cerámica, suprimido más tarde como si la pobre águila de San Juan tuviese culpa de la usurpación que con posterioridad se hizo de ella y otros símbolos. Al margen de eso, por complacer a los poderes del momento los jardineros municipales dibujaron con flores en el parterre un haz de flechas. 

Situado en la desangelada plaza de San Francisco, el conjunto fue inaugurado el miércoles día 15 con la presencia del escultor. Cabe recordar que también en ese año la Institución Fernando el Católico acababa  de cumplir su primer cuarto de siglo.

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El inmediato domingo, último día de celebraciones, era a la vez la sexta jornada de la liga, con lo que esáreo Alierta acudió a su tribuna en la Romareda para ver al Real Zaragoza jugar con el Sevilla. Si bien ganamos por un gol de Villa en la primera parte del partido, el munícipe no pudo celebrarlo porque sufrió un infarto, razón por la que fue ingresado en la Clínica del Pilar. Como dato, esa temporada quedamos en la mitad justa de la tabla. El triunfador fue el Atlético de Luis Aragonés.

Ya lunes y acabadas las fiestas, el Ministro de Trabajo, Federico Silva Muñoz, visitaba en Zaragoza las obras de acceso a la ciudad por la Avda de Navarra, así como las recientes mejoras en los depósitos de Casablanca y el predio donde se alzaría la nueva estación que suplantaría a la de Campo Sepulcro. En ausencia del alcalde titular las oportunas medallas hubo de imponérselas el primer teniente, Mariano Horno Liria, que no casualmente era padre de la joven baturra entronizada, la misma que —ya sin moños— en la legislatura del 2011 fue elegida concejala por el Partido Popular. Mariano Horno, conocido ginecólogo, pertenecía —no podía ser de otra forma— a una estirpe de notables. Definitivamente nombrado presidente del concejo en mayo del año siguiente, será suplantado en 1976 por Miguel Merino Pinedo, candidato de UCD en las primeras elecciones municipales celebradas tres años más tarde, sin alcanzar la alcaldía.

Recuperado pero retirado de la política, Cesáreo Alierta falleció en 1974. Al poco al Pº de Marina Moreno se le cambió el nombre por el de Constitución y se le puso el apellido del extinto alcalde a la ancha avenida que entroncó con San José.

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Por el plano de Zaragoza se reparten alcaldes de la Restauración tales como Cantín y Gamboa, Palomar, Cerrada, Laguna de Rins, Horno Alcorta o Allué. No está claro si por su calidad de alcaldes o si por su currículo profesional o empresarial. En otro orden, desde 2009 una calle honra a Sebastián Banzo por ser el primero elegido democráticamente en tiempos de la 2ª Republica.

No hallamos en el nomenclátor los nombres de López de Gera o García Belenguer, alcaldes de la plena dictadura, si bien se continúa honrando a Francisco Caballero, jamás elegido en las urnas, quien junto con Gómez Laguna y Alierta pese a su vinculación con el franquismo mantienen sus placas. A Horno Liria tampoco le homenajea chapa alguna. Por el contrario existen calles en honor de Miguel Merino, Sáinz de Varanda y José Atarés. Siguen vivos —o eso creo— y por ende sin calle, González Triviño, Rudi y Belloch.

La Avda de Cesáreo Alierta fue prolongada en otro tramo al inicio de los noventa, coincidiendo, o a raíz de, la construcción del pabellón deportivo “Príncipe Felipe”, que muy cerca estuvo de llamarse “José Luis Abós”, zaragozano que sin ser alcalde llevó el nombre de muestra ciudad a los altares del deporte europeo. Doscientos metros mas allá la avenida se convierte en la Nacional 232, la cual, prácticamente sin haber sufrido desviación desde su arranque en Corazonistas, en su huida hacia el mar, tras rozarle el culo a La Cartuja acompaña durante un rato al Ebro, que poco antes de llegar a Fuentes consigue darle el esquinazo.

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Fotos: Toma de posesión de Alierta (Cantero Cuadrado, González Sama, Gómez Laguna). Elvira Horno Octavio. Inauguración del monumento. Juan de Ávalos. Visita del Ministro de Trabajo. Toma de posesión de Horno. (Foto Jaria. Archivo Muncipal de Zaragoza)

acerca del “toque de queda”

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Nada que ver con ejércitos de ocupación ni pandemias. “Quedo”, en femenino “queda”, es un adjetivo que viene de quiētus, del verbo latino quiescĕre; descansar.

La “queda” era pues esa hora de la noche en la que a las buenas gentes se les recomendaba ir a dormir, o al menos encerrarse en casa.

Los campaneros en todas las ciudades de Occidente se valían de su arte, nada sencillo, para comunicar al pueblo los tiempos y las prácticas vinculadas a ellos. De noche y de día su oficio era “esencial”, como diríamos en la presente coyuntura, siendo múltiples los toques. El “de queda” se producía entre las nueve y las diez, dependiendo de la estación. Y el que tal “toque” fuese más o menos vinculante dependía de las autoridades y las circunstancias históricas. Cuestión aparte eran los conventos, donde la potencia de las campanadas que ordenaban su disciplina interna no podían alterar demasiado la cotidianidad extramuros.

En lo que al resto de ciudad se refiere, una sola debía ser la campana que marcase las pautas, carácter oficial que en Zaragoza ostentó la Torre Nueva desde que en 1504 en “capítulo y concejo” se decidiese solicitar al Rey permiso para su ejecución, coincidente con la del segundo cimborrio de la Seo, con el que compartió alguno de sus maestros de obras.

Del reloj y de las campanas de la Torre Nueva dependería en lo sucesivo el despertar y el ir a la cama de los vecinos, así como la notificación de los acontecimientos relacionados con la vida civil del municipio. Cosa curiosa, somos el pupas, el 1507 fue año de peste, no siendo hasta el siguiente cuando fueron subidas las campanas. La de las horas, que hubo de refundirse a los tres años y que la Historia condenará a llamarse “campana de los Sitios”, y la de los cuartos, elevada hasta la aguja cuando se renovó el chapitel al gusto barroco. El reloj, ni qué decir tiene, era tecnología punta en su momento.

Derribada en 1893, ambas campanas fueron heredadas por la torre baja del Pilar, obra de 1907.

La posesión del campanario de la Torre Nueva era un lujo “progre” y burgués, pues buenos dineros nos costaba, del que disfrutaba Zaragoza, donde el Concejo para sus menesteres no se veía en la necesidad de pedir  prestadas campanas a la Iglesia, que en nuestra ciudad se responsabilizaban sólo de los tiempos vinculados a la liturgia. Esta nómina de campanas capitalinas procuraban no interferirse, lo cual suponía un gran esfuerzo logístico y de vez en cuando una fuente de conflictos.

Lo cierto es que a quienes se hallaban extramuros, bien faenando o de viaje, tras la puesta o en días sin sol les resultaba difícil calcular la hora por carecer de las referencias lógicas de las áreas habitadas. Con lo que el lejano tañer de las torres de la ciudad les tranquilizaría, o si fuese el caso, sugeriría acelerar el paso.

No obstante, debemos visualizar la ciudad en sus dimensiones de cada época. Y por supuesto, teniendo en cuenta que no había vehículos a motor, música a todo volumen, ruido de maquinaria de obras o fábricas. Avanzada la tarde los lugares generadores de bullicio; tiendas, mercados y almacenes, se irían apagando. Sin altos paredones que mitigasen o hiciesen rebotar las ondas de sonido, era posible oír campanas situadas lejos. Como único impedimento, la acción del cierzo, que sabido es que barre siempre desde el NO, con lo que al barrio de la Magdalena llegarían la mayor parte de tañidos.

Por concluir con el “toque de queda”, cuando lo hubo, por ser una “notificación oficial” procedería del volteo de la Torre Nueva.

Otra cosa es que desde las parroquias se repiquetease a determinadas horas próximas al anochecer, pues al fin y al cabo, hasta que el sinvergüenza de Thomas A. Edison patentó la lámpara incandescente, la noche era el momento propicio para que los espíritus diabólicos se adueñasen de las almas. A nivel popular las llamadas al descanso emitidas desde las torres de las iglesias se engarzaban con supersticiones de las que siquiera hoy estamos libres. No es raro que muchos obispos luteranos, poco amigos de dar pábulo a los mitos extra-bíblicos, prohibiesen dichas campanadas en sus reinos.

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Todo este subterfugio no es sino para llegar a la legendaria campana de la Iglesia de San Miguel.

La historia es harto conocida, pero una inmensa difusión no siempre implica certeza. Quien sea que la cuente pronto menciona el devastador enero de 1529 en el que el frío asesinó a dos mujeres que a causa de la niebla —otros dicen que de la vegetación— no encontraron el camino a Zaragoza, tragedia que derivó en la instalación de una luminaria en la torre de la iglesia, que al ser abatida por un temporal fue sustituida por la obligación de hacer sonar cada media hora una campana desde la puesta de sol hasta la medianoche, en cada ocasión con 33 repiques, a fin de que se orientasen quienes estuviesen en riesgo de extravío. De ahí que a la campana se la denominase “de los perdidos”.

Se trata de un relato romántico a la vez que tenebroso. Al gusto de quienes hace siglo y pico confeccionaron nuestro anecdotario social y urbano. Sin embargo…

La parroquia de San Miguel lindaba entonces con el muro perimetral de ladrillo. Entre éste y el Huerva quedaba un pasillo hoy ocupado por el actual paseo de La Mina y las instalaciones del centro Laín Entralgo, en acentuado declive, un espacio muy limitado como para provocar tan fatídicos extravíos. Además, de ese otro lado de la tapia no había huertas ni demasiadas cosas para hacer. Sólo pasaría a ser transitada cuando en época ilustrada se colmatase, arbolase y cuidase el paseo de ronda.

Con respecto a la otra margen del Huerva, a la que la citada tradición acusa de ser boscosa, escarpada y poblada de altas hierbas capaces de desorientar al caminante, ésta consistía en realidad en grandes plantaciones de vides y olivos. Los campos de las Adulas y del Plano eran surcados por acequias antiguas. La “Nueva de las Fuentes” regaba ya en 1472. Otros más lejanos, como Cabaldós, eran absolutamente llanos. La zona pues fue tempranamente explotada, no dándose en ella naturaleza en estado salvaje y siendo muy dudoso el que los labriegos desconociesen los senderos existentes entre las parcelas.

Por otra parte, hasta que en la segunda mitad del XIX se abrió la puerta del Duque y se tendió el nuevo puente de San José, la plaza de San Miguel era un fondo de saco sin salida alguna al cauce. Quien desde Montemolín o Torrero se aproximaba a la ciudad lo hacía por un camino bien trazado y  flanqueado por cultivos, así hasta atravesar el Huerva por el antiguo puente, arruinado en los Sitios, junto al Convento de San José, frente a la calle Aznar Molina. Traspasado éste se entraba a Zaragoza por la que con el tiempo sería llamada “puerta Quemada”, al cabo de la calle del Heroísmo.

Imaginando un escenario de total opacidad a causa de la niebla, el sonido de la campana de San Miguel atraería a los extraviados a un punto en el que no era posible entrar en la ciudad ni pasar el río.

Aparte de eso, cuenta el cuento que durante sus primeros doscientos  años de misión la campana sonó cada noche, con niebla o despejada, incluso en aquellas claras de verano y con luna. Cuando quien se extraviaba era porque alguna buena razón le empujaba al extravío.

Conste que no me atrevería a desdecir a la tradición si no fuera porque entre nuestros sabios de primeros del XX no hubiese hallado también algunas dudas. El propio Blasco Ijazo echa mano de la locución adverbial ”tal vez” cuando atribuye la expresión “de los perdidos” a que así podía calificarse a quienes pasada determinada hora de la noche deambulaban por las calles y eran invitados por la campana a retirarse. Si tales elementos se encontraban fuera de casa era porque pocos hijos tenían que mantener, poca mujer con la que yacer y poco que madrugar al siguiente día. Eran por tanto unos “perdidos”.

En el fondo hoy pasa lo mismo. Lo que sucede es que no es preciso que el “perdido” trasnoche demasiado para juntarse en la calle con quienes esperan los autobuses de la Opel. Institución que en el XV todavía no había llegado a Figueruelas.

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(*) Existen dudas acerca de qué fue de la “campana de los perdidos”. La que hoy recibe dicho nombre es una campana del XIX obra de los Quintana, de lo que se deduce que la antigua se partió. No obstante ésta podría haberse bajado antes de romperse y ser una de las que se encuentran en la sacristía, en cualquier caso realmente pequeñas.

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—Foto: Para quien suscribe, la más hermosa vista de la Torre Nueva, en forma de copia a la albúmina, perteneció en tiempos a la familia Madrazo y fue adquirida, junto con otras, a uno de sus descendientes. No conocemos al autor del cliché, por lógica anterior a 1878, año en el que se inició el desmontaje del chapitel.

—Localización de las campanas. Reza el documento: «Plantas, sección y alzado de la Torre Nueva de esta Ciudad, vista por donde presenta la mayor inclinación, y proyecto de reparación en su parte inferior, con arreglo á lo prevenido por la Real Academia de Nobles Artes de S.n Fernando en 18 de septiembre de 1849 mandado llevar á devido cumplimiento en Real orden de 5 de octubre del mismo año» «Zaragoza 1º de Agosto de 1851=José Yarza, Arquitecto= Joaquin Gironza, Arquitecto».