¿Las de Hollywood? ¡Pues más grandes!

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Como el letrero de Hollywood en la ladera…

Bueno, no así exactamente pero casi. En Zaragoza el equivalente era el monumental rótulo luminoso de la “Caja de Ahorros y Monte de piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja” anclado en la terraza del a su vez monumental edificio Elíseos, construido en plenísima posguerra (1942) a cuenta de la misma Caja y sobre terrenos de la hiper-acomodada familia de los Royo Villanova.

Nada estaría más lejos de la mente del arquitecto Teodoro Ríos que rematar su obra con este tinglado cuando realizó los alzados y diseñó para la cima un edículo porticado en cuyo frente luciría el magnífico conjunto escultórico, moldeado por Félix Burriel y alegórico al ahorro. Todo ello destinado a dar forma al skyline zaragozano durante la eternidad.

Pero la eternidad sabido es que es relativa. Se pausó cuando en la primera mitad de los 50 los gestores de la Caja de Ahorros decidieron que aquellas terrazas serían el óptimo soporte de tan gigantesca estructura. No era plan que se adelantasen Schweppes o General Electric. Para su montaje se sirvieron de la destreza de los talleres Quintana, empresa a la que la piadosa Zaragoza recuerda por el Rosario de Cristal pero no por las maravillas que en el arte publicitario repartió en tiempos por el mapa. Completaron el esfuerzo los técnicos de electricidad Alonso. Basado sólo en la tipografía, sin ninguna simbología, el letrero iluminó los cielos, sus nieblas incluso, con sus cuatro metros de “C” procurando convencer a los asalariados de que delegasen en “la caja” la custodia de sus dineros, labor hasta entonces realizada por las latas de galletas, las baldosas y los colchones.

Ahí se mantuvo hasta que los cambios habidos en la entidad, empezando por el propio nombre, modificaron los conceptos. Hoy el logo de Ibercaja dista cosa de 100 metros en línea recta de donde se ubicaba el antiguo anuncio y se halla adosado a la fachada acristalada de su central de Paraíso, mole proyectada en 1977 por Ríos Usón, “casualmente” hijo del arquitecto anterior. Al símbolo de inspiración mironiana este humilde cronista le calcula una altura de cinco pisos, lo cual continúa siendo un prodigio del rotulismo, que suena a enfermedad pero se trata de una profesión.

En una de estas postales, publicadas por Ediciones Artigot, podemos observar la muy bien calculada estructura que soportó el reclamo, situado en el punto geográfico donde coinciden todos los vientos planetarios.

En la misma a lo lejos vemos el hospicio. Y por delante, a su derecha, las traseras de las novicias de Santa Ana (entiéndaseme bien a lo que me refiero) Posibilitan esta visión las ausencias del Centro de especialidades Ramón y Cajal y de la delegación del Instituto Nacional de Previsión, ambos del año 1962. Tampoco aparece en la fotografía, siquiera en estructura, ninguno de los bloques pertenecientes a la PDZ sitos en Mª Agustín, cuya construcción arrancó con los 60. Y tampoco, por supuesto, el moderno convento del Carmen ni el edificio Ebrosa. Asimismo en la foto pervive el andén central del Paseo de Pamplona, que pereció en esos años casi al tiempo que su hermano de Independencia. Es curioso cómo mientras al uno se le llora y cita con frecuencia, al otro tan apenas. Y es que la piadosa Zaragoza lo es sólo con quien quiere.

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Finalmente, en el óvalo de la plaza de Paraíso no hay otra cosa que jardincillos. Hasta 1958 no se instaló allí la primitiva fuente, sustituida tres años después por la luminosa a la que ciertas deficiencias técnicas obligaron a migrar para disgusto de la ciudadanía, muy piadosa, como ya he dicho, pero que no pareció apiadarse, percatarse siquiera, de las numerosas desapariciones habidas en esta plaza y en su contigua.

Una posibilidad es que el fotógrafo se aupase para tomar, al menos un par de estas fotos, en la torre de la capilla del colegio jesuítico, dedicada a la Madre del Salvador. Si fuese como digo cabe que la misma estuviese en obras, puesto que no fue abierta al culto hasta 1960. O quizá adonde el reportero ascendió fuese a alguna azotea del Pº de las Damas, aunque en ese caso la primera accesible entonces, la del nº 7, ya nos queda un poco lejos. . Por lo demás, el mes en el que las fotos fueron tomadas era uno sin hojas en los árboles.

Por cierto, contemplamos despejada la esquina de Capitanía y también el chaflán de su edificio vecino. En la actualidad y desde ese punto es imposible distinguir ninguna de las dos cosas debido al crecimiento de esos árboles que en la foto aparecen incipientes. En otro orden, el aspecto del mencionado caserón esquinero con Ponzano difiere del actual, faltándole la planta abuhardillada que apañándolo se le añadió. Si bien sus mansardas acentúan el aspecto parisino nunca estuvo en los planes del arquitecto Marcelino Securum en 1924. Sin salirnos del tema, a la izquierda aparece el medianil perteneciente a finca vecina de la calle Bilbao, que por entonces poseía un precioso torreón redondo del que vemos sólo su remate. Hoy en el mismo medianil, antes liso, se abren las ventanas obtenidas tras la reforma del inmueble hasta su esencia, prueba fehaciente de que donde hubo 10 viviendas caben 20, o tal vez 30 si no son 40. La alteración estética del edificio y el pisoteo de su autor es un aspecto secundario cuando prima la rentabilidad.

En otra de las postales, sobre la cúspide de la no menos hermosa proa racionalista de la calle Royo con Gran Vía también luce un anuncio aunque de menores dimensiones, éste de un tal Philips. Un par de años más y en lo alto de Pº Pamplona nº 1 se erigirá igualmente un gigantesco rótulo de una marca nacional de radio y televisión, ya fallecida. Por su parte, la iglesia de los jesuitas con el resto del colegio será echada abajo una decena de años después de la ascensión del fotógrafo al campanario. Medio siglo y quien claudicará ante la nueva y depredadora economía serán el Cinema Elíseos y su restaurante.

Pero todos estos asuntos pertenecen ya a otras postales.

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En 1977 inesperadas circunstancias, junto al hallazgo de unas piedras muy concretas, obligaron a la CAZAR a improvisar una nueva ubicación para sus oficinas centrales. Fue cuando tuvo lugar la famosa entrevista en el más allá entre Sinués y Urbiola e Íñigo de Loyola que concluyó con la operación financiera que conllevó el traslado del colegio del Salvador a las afueras y la demolición del antiguo. Definiendo a la postre el actual estado de la plaza de Don Basilio Paraíso, prócer a quien nadie pidió opinión.

Aunque es mucho suponer, supongamos que los romanos hubiesen ubicado el teatro en las Delicias, y que por ende y como estaba previsto Ibercaja hoy tuviese localizada su central en la calle de la Verónica. Y supongamos también que en algún momento hubiese tenido lugar la definitiva expulsión del Reyno de la Compañía de Jesús, con la consiguiente expropiación de sus bienes raíces.

¿No es excitante imaginar lo que hubiese supuesto para Zaragoza disponer en pleno centro de un complejo de la envergadura del viejo colegio? ¿Cuántas aulas, salas de exposiciones y de conferencias, cuántas dependencias de instituciones y organismos públicos o privados podría haber alojado?

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Las fotografías pertenecen al Archivo Municipal de Zaragoza, y los datos acerca del rótulo han sido facilitados por el Sr Carlos Cebrián Casamián, antiguo técnico en Electricidad Hnos Alonso.

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Otros crímenes perpetrados en el Coso

Entrada calle Azoque. Gerardo Sancho Ramo. 1978

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Fue durante unos Pilares de finales de los setenta cuando la empresa Parra trajo a King Kong a Zaragoza. En concreto al teatro Fleta, único espacio que ofrecía la grandiosidad requerida para el espectáculo. Una rondalla interpretaría el Bolero de Caspe mientras una bella jotera sería ofrecida al gigantesco gorila en sacrificio. Ninguno de los naturalistas consultados a posteriori supo descifrar la razón por la que la bestia al oír el sexto “morena sí, de Castellote” se enfureció, destrozó la jaula y corrió en pos de uno de los bandurristas, arrasando a su paso gran parte de la ciudad.

Así lo parecería viendo estas fotografías. Y aunque un servidor no recuerde el episodio la época en la que aconteció es coincidente con su adolescencia, periodo que desde la perspectiva de Ramsés II o Sisebuto no está tan lejano en el tiempo, de ahí que escandalice comprobar la mutación sufrida en ese corto lapso por unos paisajes urbanos que deberían haber sido inmutables.

La primera foto muestra la estrecha embocadura de la calle de (del) Azoque en el Coso, que igual de escorada que la de las Escuelas Pías nacía entre dos características esquinas, resultado del alargamiento en 1918 de la calle del Portillo (Conde de Aranda).

De las dos sobrevive la de “Medias Ángel”, en Conde de Aranda nº 1, donde la curvatura de la fachada todavía obedece a la traza de la callejuela musulmana. La esquina contraria, desaparecida, por razones de pura geometría hacía una proa. Y con ella el edificio identificado por la tienda de confección “La Ciudad de Londres”, en los números 2 y 4 del Coso, con siete alturas y estética racionalista obra de Francisco Albiñana de principios de los treinta, provisto de un gran escaparate en su primera planta al que se asomaban los maniquís, imposibles de ver desde la acera por la insignificancia de esta. A su lado, en el 6, despachaba la Farmacia Nueva, del mismo arquitecto, quien diseñó para su interior unas hermosas —y perdidas— vidrieras art-decó. Regentada por Ramón Puig la hiper-botica poseía además una fachada trasera, más antigua, mencionada en muchos tratados de arquitectura por haber sido su artífice el modernista Rubió y Bellver en 1907.

En 1972 ambos edificios entraron en conflicto con el Ayuntamiento, valedor de un proyecto nieto del “Plan de reforma interior de la ciudad” de 1936 que consistía en unir por el camino más recto la puerta del Carmen con el puente de Santiago. La intención, decían sus urbanistas, era desviar el tráfico y proteger así el casco histórico. Es obvio que entendían por históricos sólo los aledaños de la plaza del Pilar, e insustanciales la iglesia de San Juan y San Pedro, el convento de Santa Lucía, el de Santa Inés, el palacio de Ezmir y la docena de joyas “bi”, “tri” y hasta cuatricentenarias que a lo largo de esa década y la precedente fueron demolidas para especular sobre sus enronas.

El plan —la ocurrencia— se desinfló cuando el Mercado Central se negó a moverse de su sitio. Y no rebló, dándole una lección al ayuntamiento tardofranquista que lo amenazaba y a cualquier institución posmoderna que no haga diferencias entre progreso y enrase. Sin embargo nada pesó lo suficiente para que se descartase de forma definitiva la propuesta. Su perpetración parcial trajo consigo no sólo la desaparición de los inmuebles mencionados, sino la de la mayor parte del barrio de la morería y la que en tiempos fue manzana más comercial de Zaragoza, entre Cerdán y Escuelas Pías. En saco roto cayeron las alegaciones hechas por los disconformes espíritus de Bellver, Albiñana y los londinenses maniquís. La concreción de la denominada Avda del César Augusto trajo implícitos, como era de prever, capazos de millones para los habituales.

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10 12 14 el 14 derribado,

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Sobrepasada ya dicha avenida, enfrente de la Audiencia se elevaba el 8 del Coso, otro gigante de 1930, aquí rematado por un vistoso templete cuadrado de columnas de hormigón. Mariano Omist, comerciante muy vinculado al deporte aragonés, atendía allí su almacén de sedas y lanas. A pesar de ser relativo el estorbo que este conjunto suponía para le ejecución del proyecto fue pulverizado y reemplazado en los 80 por el presente mamotreto, que haciendo también una proa parecería querer disculparse.

Dado que este último su entrada la tiene por César Augusto hoy el Coso en la acera de los pares empieza en el 12, donde en tiempos ye-yes abrió el establecimiento bautizado como Oro Hogar, de aires supersónicos, con voladizos de acero e inmensos vanos acristalados que alteraron de forma irreparable el aspecto original del inmueble. Decidido a llegar vivo al siglo XXI este hubo de reinventarse, albergando ahora un restaurante que ofrece algo tan aragonés como pato laqueado. En cambio, con peor suerte o menor perseverancia la siguiente casa, el 14-16, fue echada abajo en 1980, rellenando su hueco con un adefesio que alarmó a Hércules y a Teseo, en la otra acera siempre vigilantes y no bajando la guardia ni la garrota por si acaso.

De forma seguida le tocó caer al vecino 18, el de Calzados Muro, donde los niños éramos obsequiados con un globo. De regreso a casa en el tranvía el globo quedaba a la altura de la cara de los pasajeros adultos, circunstancia que propició el que de forma involuntaria —o eso alegó el interfecto— un señor reventase el mío con su cigarrillo, siendo mi indignación expresada en decibelios el germen de la normativa que prohibió fumar en los transportes públicos de toda España, diría que de Europa. Pero volviendo al inmueble, no sería justo obviar que el arquitecto que lo reedificó procuró hacerlo de forma amable con su entorno, si bien por desgracia el entorno llevaba tiempo ya haciendo gárgaras. La única finca de este sector que aguanta íntegra tras ser restaurada es la del 20-22, donde existió una pastelería que no sé citar con rotundidad (¿Sunye?) pero seguro que otros sí, pues las pastelerías se inscriben a fuego en la psique colectiva. Y una óptica: la “Franco Helvética”, que después se mudó a la otra acera y exhibía en sus escaparates preciosos microscopios y lupas.

Por el contrario el conjunto anejo, que comprende los portales del 24 al 32, si está donde está es porque en 1972 las palas le hicieron sitio llevándose por delante a cinco vetustos caserones decimonónicos, completando una masacre arquitectural que el público olvidó cuando en los locales del nuevo bloque se inauguró la tienda de modas Cortefiel, lo cual era un signo indiscutible de progreso, sin olvidar a la delegación de El Ocaso, empresa líder en ofertas de ocio.

En torno a 1951 había sido erigido el “rascacielos” de La Adriática y ya de paso abierta al Coso la plaza de San Roque mediante la extirpación del homónimo arco. Los planos del momento muestran que en ese trecho existían siete inmuebles, los sacrificados hasta la linde del palacio de los condes de Fuentes, en la última etapa de su vida reconvertido en el Hotel Continental, cuya confortabilidad (un concepto europeo y novedoso) no le libró de ser reducido a escombros para ceder su solar al Banco de Aragón.

Dicho banco estuvo antes aposentado en la estilosa casa vecina, pensada de propio para él en 1917 y encarada con la calle de Alfonso. Abandonar esta privilegiada sede y emigrar a la nueva y monumental le trajo mal fario a la entidad aragonesa, pues no tardó en morir devorada por el Banco Central, que a su vez fue absorbido por el BCH que acabó hace relativamente poco fagocitado por el Santander. La gastronomía resultó ser la beneficiada con la transa, pues al quedar vacías las primitivas oficinas fueron ocupadas por el restaurante Savoy, que las siguió ocupando durante medio siglo hasta el 2004, cuando su local terminó transformado —a ver si lo adivina alguien— en otra agencia bancaria.

La numeración actual es resultado de la reordenación posterior al derribo del arco de San Roque. Con ella el Banco Central pasó a numerarse como 36 y el Savoy como 42. Así pues, en el número 44 y sin moverse del sitio desde el renacimiento se encuentra el palacio que fue residencia del Conde de Sástago. Aun siendo evidente su vetustez he de citarlo por haber cambiado de finalidad y aspecto a raíz de que en 1981 la DPZ lo hiciese suyo. Antes de eso, a mediados del XIX, Joaquín María Fernández de Córdoba, decimocuarto de los condes, había alquilado al Casino Principal parte de sus zonas nobles (de las del palacio me refiero) y algo después los locales al Café París, espacio que en 1920 pasó a ser el del Banco Español de Crédito, quien con la reforma de 1960 terminó siendo el magnicida del patio palaciego. Aparte estaban el estanco, los billares La Unión, la Confitería Zorraquino, la Óptica Lacaze y la Juguetería Repollés.

Quedan por citar —de momento— contiguas al palacio y ufanas como si no se ubicasen donde se ubican dos aberraciones que de tanto verlas a los locales ya no nos espantan pero que sospecho sí a los foranos, y que por no ofendernos se lo callan. Una fue la sede del Banco de Madrid, pared con pared con el palacio afeando la calle con su inoportuna fachada de cristal de 1970. A ella pegado y media docena de años anterior es el engendro arquitectónico de la Bombonera Oro. La elevación de ambos arrebató su naturalidad a ese trecho del Coso que por mil lógicas razones era uno de los más fotografiados de la Zaragoza finisecular.

Por ir echando cuentas y dejando al margen los demolidos en la reforma de 1951, en todo este recorrido desaparecieron una docena larga de edificios entre 1963 y 1980. Irremplazables todos por haber sido testigos del abrazo/encontronazo de Zaragoza con el eléctrico, telefónico y automovilístico siglo XX. En la profana opinión del redactor a lo sumo en un par de casos el piqueteo y la usurpación pudieron merecer la pena.

Lo malo es que el siguiente trecho será aún peor. Acabará en la esquina con Espartero y vendrá luego, cuando lo escriba.

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Ediciones Artigot. Década de 1950.

Derribos Ibercisa 1980.

AMZ. Gerardo Sancho 1978.

AMZ. Gerencia de Urbanismo. 1980.