El proyecto de los Agustinos filipinos

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Aunque nunca he ejercido como cura párroco, y creo que mi padre tampoco, puedo asegurar que éstos no son los propietarios de la iglesia parroquial. Y que como parte del clero secular son algo así como los funcionarios episcopales encargados del trato directo con el cliente. Un puesto bastante duro de llevar.

Nada que ver con el clero regular, compuesto por los integrantes, no siempre en activo, de las órdenes religiosas que desde tiempos remotos y bajo particulares directrices ostentan la titularidad de esos conventos, residencias y colegios que abarcan sectores enteros de las ciudades.

Buena parte de los gobernantes europeos de los siglos XVIII y XIX mediante diferentes excusas y estrategias, limitaron, cuando no directamente suprimieron, a estas organizaciones. España por una vez no fue tan diferente. Si bien aquí se dieron ciertos márgenes.

Los padres Agustinos consiguieron mantener abiertos un par de seminarios con el afán de instruir a novicios destinados a las posesiones de ultramar. Un detalle fundamental en la historia que sigue y que aburrirá a quien la continúe leyendo, salvo que me aprecie mucho o esté preso en Guantánamo sin otra alternativa que los libros de Coelho. La “supresión” se mantuvo hasta 1875 y sólo tras la restauración del “borbonismo” en la adolescente persona de Alfonso XII se pudieron abrir nuevos noviciados.

Partiendo de la premisa de que España necesitaba ser re-evangelizada, es como poco curioso el que misioneros filipinos (Agustinos de la provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas) se sintiesen llamados a semejante labor, creando a comienzos del XX seminarios en Santander, Ceuta y Madrid. La fundación del de Zaragoza se demoraría hasta 1934. Tenemos la primera noticia en la “Voz de Aragón” del 9 de septiembre de 1930:

«El prior de los PP Agustinos solicitó ayer de la Alcaldía el oportuno permiso para edificar en sus terrenos de Miraflores el colegio-seminario de la Orden, al que se proponen dar el carácter de Facultad de Teología».

El mismo día de la edición del periódico reiteraron la solicitud de forma verbal, visitando al alcalde Jorge Jordana en su despacho para hablarle del vallado del solar.

Apenas dos días más tarde, el viernes 12, la Comisión Permanente del Ayuntamiento se reunió tratando temas tales como la reparación de los bancos del paseo de Sagasta, “con mosaicos imitación al de Talavera”, la instalación de una zona de recreo infantil dentro del parque Pignatelli y la necesidad de un evacuatorio en el Paseo del Ebro, previendo las obras de embellecimiento que prometían iniciarse en breve.

Llegado el turno de admitir la solicitud de los PP Agustinos el concejal Mariano Marraco manifestó su disconformidad al considerar prioritaria la ejecución del “plan de ensanche” de la ciudad y temer que el prematuro vallado de esos terrenos pudiese representar un obstáculo, dado que tal proyecto estaba todavía tierno. En algunos aspectos amasándose. Ello obligó a la comisión de Fomento a estudiar los planos presentados por los religiosos.

Sin embargo a los dos meses el mismo periódico daba ya por hecha la inminente fundación adjuntando una hermosa perspectiva que idealizaba el complejo. Para situarnos, arriba y en diagonal aparece la zanja del ferrocarril en lo que un día será Tenor Fleta. Flanqueándola unos elegantes edificios muy poco parecidos a los que conocemos.

El “complejo” era en verdad complejísimo. El proyecto de Miguel Ángel Navarro para los reverendos padres era una cuasi lisérgica ensoñación. En la vida real el colegio resultante supuso menos de la mitad del conjunto dibujado, es decir, únicamente el ala derecha, que en teoría iba a ser duplicada de forma simétrica, levantándose en medio a modo de eje el templo de estilo neomudéjar. El seminario poseería incluso un hospital.

El texto que soporta el dibujo explica que los terrenos limitarían por un lado con el Camino de las Torres, por otro con la Avda MZA (tenor Fleta) y por otro con la “Vía Perimetral”.

La Vía Perimetral era otra ensoñación, en este caso del Ayuntamiento. Arrancando junto al parque Grande donde lo hace la calle Arzobispo Morcillo, tras cruzar Sagasta continuaría, rozando el vértice del futuro seminario, recto entre los campos en busca de Miguel Servet, adonde llegaría, así a ojo, a la altura del Alcampo. Una callejuela.

El “proyecto de ensanche” también contemplaba que el paseo de las Damas y la calle de La Paz desembocasen en una gran plaza del camino de las Torres presidida por la fachada de la iglesia seminarial. Un poco más adelante cruzaría la Avenida del Huerva, aproximada predecesora de la de Cesáreo Alierta, donde un parque público recibiría el nombre de Miraflores. Algo que no llegó hasta finales años 70 y rodeado de rentables bloques de viviendas a modo de muralla.

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Otra calle, sin bautizar todavía, pretendía conducir desde la MZA al puente de San José, pasando junto al Gasógeno. Es ahí donde Marraco tenía razón, pues ésta era imposible de llevar a cabo al quedar interrumpida por el solar de los reverendos. Pero poco podía hacer un concejal crítico teniendo enfrente al Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas. El día 30 de ese mismo noviembre “La Voz de Aragón” lo contaba así:

«La Comunidad de los PP Agustinos se ofrece a dividir en dos su finca de Miraflores y regala esa calle al Ayuntamiento».

Para rumbosos los agustinianos. Hay que decir no obstante que la avenida que flanquearía el complejo por el Norte iba a ser denominada “de los Agustinos”. Conduciría a otra enorme plaza en la Avda San José, confluencia de la Gran Vía del Huerva y la Perimetral de marras. El lugar de esa enorme unión podría equivaler al vigente cruce de Cesáreo Alierta.

Supongo que lo hasta aquí explicado resulta un barullo inentendible para cualquiera que no haya cursado como yo, o como alguna conocida diputada, la carrera de arquitectura en CCC.

Desautorizando al Sr Marraco el Consistorio concedió por fin a la comunidad la licencia. Así lo relata la edición de “la Voz” del 13 de diciembre de 1930:

«Agotadas las intervenciones con las rectificaciones de los concejales que hicieron uso de la palabra, fue aprobado el dictamen con el voto en contra de los señores Marraco, Vargas y Abadías».

Ello no fue óbice para que en mayo del año siguiente, estando todo empantanado, un grupo de vecinos presentase ante la alcaldía, ya republicana y ostentada por Sebastián Banzo, una protesta porque el vallado de la finca les había privado del tránsito por el viejo camino de la Bailera, que desde tiempos remotos unía el de San José con el de las Torres. Ignoro cómo los contentaron porque el camino desapareció al de forma definitiva seccionado por las tapias del colegio.

Es obvio que casi todo lo nombrado referente al “Plan de Ensanche” no pasó del papel cebolla. Ni Navarro ni los concejales imaginaban lo que estaba por venir. Pasada la guerra Borobio y Beltrán propondrán otro plan que aparcando Miraflores se concentraba en la urbanización de las áreas entonces periurbanas; las Fuentes, Arrabal o Delicias. Los Agustinos tampoco habían atinado con sus planes. No consta quién les había hecho las cuentas según las cuales eran solventes para llevar a cabo aquella Tenochtitlán ultracatólica. El seminario pasó a ser centro de enseñanza seglar en 1941.

El templo de M. A. Navarro nunca se erigió. Desconozco dónde oirían misa la congregación y el alumnado hasta la terminación del moderno, que bajo la advocación de Santa Rita fue proyectado en 1968 por José Luis Navarro Anguela, hijo del anterior, siguiendo criterios muy diferentes de los de su padre. Con la urbanización del camino de las Torres y el soterramiento de la acequia de San José su escorada fachada se adelantó hasta donde está, en tanto los padres llenaban con canchas deportivas el hueco dejado por la irrealizada iglesia. Santa Rita es parroquia desde 1970.

La historia de cómo y a cambio de qué sacas de perras el colegio de los PP Agustinos fue perdiendo los terrenos que le faltan (en tiempos le cabían dos campos de fútbol) no es asunto que un servidor sepa relatar. Tampoco es un tema que me agrade.

Soy un poco como el Sr Marraco.

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(*) El camino junto a la zanja del tren, que antes era llamado “de los Fletas” por el apellido de una familia de la zona, en 1931 pasaría a ser llamado avenida de MZA, en honor al ferrocarril Madrid-Zaragoza-Alicante En 1938 murió el tenor y el Consistorio cambió las siglas por el nombre del divo.

Foto: agustinoszaragoza.com

Recortes: “La Voz de Aragón”. BVPH.

Proyecto de ensanche. 1933. M. A. Navarro. AMZ.

Francisco Rallo, padre e hijo, junto a la talla de Sta Rita destinada a la parroquia. Foto de Gonzalo Bullón. 1975. “Rallo Lahoz. Mi vida dedicada a la escultura” (Rolde. Revista de Cultura Aragonesa. 2001)

de madames y cañones

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En el siglo XVIII Zaragoza no tenía Corte Inglés. Y no, Sepu tampoco. En otro orden de cosas, no habiendo sido en vida excesivamente blasfemo y fornicario una vez muerto te podían sepultar en el fosal de tu parroquia, que te pillaba cerca. Estas dos cuestiones en apariencia resultan disconexas, pero no lo son.

Antes de existir el cementerio, la cárcel, el Canal y el Corte Inglés —los cito en bajada— Torrero era sólo un monte. Modesto en altura, pero vasto, poseía colmenas, corrales, viñedos y canteras de yeso. En la práctica era un paisaje lejano para los zaragozanos habitantes de la vieja ciudad amurallada. Hasta 1782, cuando por su vertiente septentrional se hizo pasar al Canal Imperial de Aragón. Este avance posibilitó, aparte de la traída de buenísimos espárragos, la ejecución de riegos y la puesta en marcha de “ultramodernas” fábricas.

En 1786 se instaló en Miraflores, usando terminología del XXI, su “plataforma logística”, convirtiendo en imprescindible una vía bien urbanizada, a poder ser rectilínea, entre el puente de tablas sobre el Huerva, junto a la huerta de Santa Engracia, y aquel lugar (*).

Así fue como a finales de 1808, estando los zaragozanos baldados aún por el primer Sitio pero de momento triunfantes, las tropas del mariscal Lannes asomaron el chacó avisando del segundo. En previsión de un ataque por el Sur Sangenís se había esmerado en la construcción de fortificaciones próximas al puente de América. Y por lo que pudiera pasar, y al final pasó, construyó en la orilla derecha del Huerva y apenas pasado el citado puente, el llamado Reducto del Pilar, encomendado a la Virgen aunque sin preguntarle antes a ella si deseaba implicarse al 100% en el conflicto. Al final demostró no estar del todo convencida.

Permítaseme saltar por un momento a tiempos recientes, en concreto a un día de hará varios veranos. Hallándome ocupado en mostrar la ciudad a un primo turista, al pasar por el lugar y con su natural irreverencia de forano el susodicho me señaló a los conocidos cañones y preguntó:

¿Esos cañones apuntando a la puerta del Corte Inglés los ha puesto Carrefour?

Si bien antaño los cañones apuntaban en dirección a la ciudad, en los años 80 el desatino, nunca mejor dicho, se corrigió y ahora amenazan los stands de Pinaud y de Lancôme, en cierto modo una alegoría. No se “regiró” en cambio al conjunto escultórico en el cual, patriota pero despistado, el defensor sacude culatazos en dirección a Don Basilio Paraíso en cuenta de al enemigo.

Como todos sabemos el enclave, y luego la ciudad, terminaron por capitular, quedando en manos de franceses y afrancesados su gobernanza durante cuatro años. Los ilustrados ocupantes, muy pragmáticos si los comparamos con los patrios, se dispusieron a gestionar un puñado de cosas con el tiempo bienvenidas. Uno de sus legados fue el “Decreto de cementerios” de las Cortes de 1813, obligando a establecer lugares de enterramiento en las afueras de los núcleos habitados. Consecuente en Zaragoza fue la creación una década después del actual cementerio Municipal. Con todo ello el camino de Torrero incrementaba su importancia, arbolándose y adornándose de manera especial su inicio en la hermosa glorieta.

Angular al principal arrancaba allí un segundo camino. Ancho en su inicio, iba perdiendo poco a poco adecentamiento y salvando acequias entre olivares talados conectaba al fin con el de San José. No sé si aludo a una leyenda romántica y periurbana si comento que las señoras esposas y no esposas de las tropas imperiales, no sintiéndose cómodas por las calles del viejo casco medieval gustaban de hacerse llevar hasta allí para pasear, dándole el nombre al “paseo de las damas”.

Sea así o no, la bifurcación adquirió la forma hoy superviviente; un espacio triangular muy similar al marcado por los fosos cavados en torno al desaparecido reducto. Adaptándose a ese predio las reverendas madres del Sagrado Corazón alzaron en 1875 sus habitaciones y su colegio. En 1879, ellos más cerca del río, los padres jesuitas levantaron el suyo. Añadámosle la urbanización de los primeros solares del lado de los pares del ya denominado a finales del XIX paseo de Sagasta.

Llegados a 1909 la zona medianera entre los dos caminos aún no tenía nombre. En realidad no tenía nada. Con motivo del centenario de los Sitios el Consistorio decidió hermosearla con el obelisco precursor del monumento actual. Algo más tarde el paseo de las Damas perdió su lugar en el nomenclátor por cedérselo a Ricardo Sasera y Samsón, catedrático de Romano y foralista. Por su parte la glorieta se mantuvo anónima hasta la 2ª República, siéndole dedicada entonces a Don Benito Pérez Galdós. Así, el plano del Catastro de 1935 aparece rotulado con los prestigiosos nombres de Sagasta, Galdós y Sasera. Por desgracia al menos dos de estos grandes apellidos provocaron alguna malfunción intestinal en los vencedores franquistas y durante cuarenta años Sagasta quedó relegado del callejero, pasando a ser el titular de su avenida el general, primero golpista y después estrellado, Emilio Mola, en tanto Pérez Galdós también perdía su glorieta por republicano y anticlerical, llamada desde entonces de Sasera, a quien los ignorantes falangistas reformadores dieron por inocuo. Con todo ello el Paseo de las Damas recuperó su nombre.

En 1951 Mora retrata este paseo cuando no es fácil reconocerlo. Aparece arbolado hasta su mitad. La tapia del Sagrado Corazón, lisa y lasa, linda con las huertas, a las que se accedería mediante el portón fotografiado. Más o menos es por donde la acequia (aquí parece estar ya cubierta) penetraba en el convento. Frente al colegio se alza solitario el nº 7 de Damas, pudiendo ser también el nº 9, pues ambos son gemelos y de 1950. Al fondo, el edificio Elíseos.

Girando 180 grados el objetivo mira a continuación hacia el otro extremo de la calle, desde hacía poco ensanchada, capturando a la derecha el número 30, decano de la vía (1948), y allá en el extremo del paseo, volcándose en el camino de las Torres, la residencia de las Oblatas, todavía en su sede original mostrando su distinguible espadaña.

Sancho Ramo repite una década después unas tomas parecidas. Para entonces existe ya la calle León XIII, en cuyo cruce el reportero se sitúa fotografiando un paseo de doble dirección, algo frenético, adoquinado de principio a fin hasta el punto de haber necesitado ya algunos parches. Y bastante más arbolado.

Salvo los estilosos vehículos de los años sesenta, Sancho en su primera instantánea retrata casi lo mismo retratado por su colega. Sin embargo al fotografiar en dirección contraria vemos la acera de los impares de Damas del todo edificada. Las Oblatas ocupaban en su residencia moderna, a la que un par de décadas después renunciaron a cambio de un capazo de millones, por no desentonar de las hermanas del Sagrado Corazón quienes en la otra punta habían hecho exactamente lo mismo, alzándose sobre sus edificios y jardines el centro comercial y las modestas viviendas para obreros de Residencial Paraíso. Los límites al Sur de la finca de las corazonistas coinciden con los actuales del Centro Deportivo.

Y hete aquí un dato interesante, hasta inquietante según cómo se contemple. Sin ánimo de incordiar a los practicantes, y me refiero a los del tenis, sus canchas ocupan el suelo ayer ocupado por el antiguo cementerio monacal. A este se accedía por un callejón diagonal en el cruce de las calles Bolonia y Dr Casas, pasillo cuya impronta perdura en el medianil del edificio de la mencionada esquina.

El plano de 1935 señala también en ese punto, aneja al cementerio, una “gruta con imagen”.

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(*) En los planos previos a esa época no siempre figura la pasarela de madera, al parecer existente atrás de Santa Engracia. Sí en cambio aparece el sólido puente de San José, por donde seguramente acostumbraría a ir quien subiese al monte de Torrero.

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Plano Catastro 1935.

Plano fortificaciones. Gambau. 1913.

Plano de Yarza. 1861.

Mora. 1951. AMZ.

G. Ramo. 1961. AMZ.

G. Ramo. 1962. AMZ