Breve crónica de esa calle por la que paso

renacer 9 37.

Si empiezo por el final se me entenderá mejor, pues sabido es que cuando buscas setas lo que te encuentras son relojes caros. Buscando rebollones en una hemeroteca yo he encontrado la publicidad de esta empresa de grúas situada en la calle Unceta, que me ha sorprendido.

Cuando un servidor era alumno de San Valero —el de Juan XXIII— la dirección que aparece en el anuncio ya estaba ocupada por el bloque actual, que en aquellos tiempos albergaba nada más y nada menos que a “Almacenes Gay”, puro glamour. Por su parte la calle Graus llevaba un tiempo prolongada y conducía a “Galerías Primero” de la calle Italia, con más glamour si cabe.

Marcelino de Unceta murió en 1902 y calculo que una década y pico después fue honrado con un vial de nueva apertura en el barrio de “La Explanada”, que en principio apenas rebasaba la manzana de la iglesia. En sus aceras sobreviven un par de edificios de 1936, pero la mayoría fueron levantados en las tres décadas siguientes. Uno de ellos, el nº11, ahora rehabilitado, sirvió precisamente a la Escuela San Valero en su primera etapa. La parroquia es un proyecto de Borobio de los años 20 que no se concretó hasta pasada la guerra.

Pero volviendo al arranque del siglo XX y a la carretera de Madrid, un poco más adelante de la bifurcación con la de Navarra existía un desvío a la izquierda que conducía a las torres que en los planos son rotuladas como de Navarro y de García.

Alrededor de 1920 ese camino era ya conocido como calle de Monterde, cumpliéndose la costumbre de que los accesos a las fincas de los próceres urbanos fuesen bautizados con sus apellidos. Ricardo Monterde se había convertido en propietario de una al menos de las mencionadas torres, mandando construir su casa con fachada a la calle de Alfonso XIII, que durante un breve lapso llevó el nombre del ministro Marcelino Domingo y en el franquismo terminó siendo dedicada al sacerdote Andrés Manjón.

Don Ricardo fue un político de larga trayectoria que fluctuó entre conservador y muy conservador. Sin dejar de ejercer como abogado —de cuyo colegio llegó a ser decano— colaboró como periodista en el “El Faro Católico Aragonés” y en 1898 dirigió el “Diario de Avisos de Zaragoza”. Al año siguiente resultó elegido diputado a Cortes por Belchite y en 1920 concejal en el Ayto de Zaragoza, sin olvidar su gestión en la “Sociedad Económica de Amigos del País”. Durante la dictadura de Primo de Rivera fundó y presidió en nuestra ciudad la “Unión Patriótica”, partido afín al régimen con el cual se alineó en todos los sentidos. Tanto así que llegada la 2ª República la prensa reformista comentaba: «Conviene no olvidar a los que prestaron servidumbre a la Dictadura, a fin de que en todo momento estén cerradas para ellos, a cal y canto, las puertas de los partidos republicanos», añadiendo una lista en la que no sólo se cita a Monterde sino también a Allué Salvador, Joaquín Orús, Castán Palomar, Antonio Portolés y al alcalde Fabiani.

La última vez que la hemeroteca cita a Ricardo Monterde es a raíz de un ardoroso discurso suyo en el homenaje que la Falange zaragozana (de la que él era abogado) hace a los supervivientes del Alcázar, en octubre de 1936. En esta fecha contaba con 77 años. No he podido encontrar el dato de su fallecimiento.

rev nac de arqu1955

Desconozco la razón por la que una vez desaparecido Don Ricardo la que había sido su residencia no continuó en poder de la familia. Deduzco que fue su hijo, José María Monterde Pérez, quien no menos influyente de lo que había sido su padre llegó a ser presidente de la DPZ en 1943 y miembro del Consejo de Administración de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, el que vendió el terreno y los edificios a la Delegación Nacional de Sindicatos en abril de 1944.

Este “vertical” organismo lo convertiría en policlínica de especialidades y quirúrgica perteneciente a la “Obra Sindical 18 de julio”. No obstante, el nombre impuesto al centro; “Sanatorio San Jorge de la Obra Sindical 18 de Julio” resultaba muy canso de decir, así que la gente abrevió llamándolo “el 18 de Julio”. Tiró con él hasta que en 1978, cuando ya bajo el Insalud se especializó en medicina interna. En 1982 el San Jorge se convirtió en hospital geriátrico para ser abandonado en 2009 con el fin de que en el plazo más breve posible se convirtiese en la puñetera ruina que ahora es. No sé si a la espera de que colapse o que por su puta cuenta se “destacalogue” y auto-venda a un millonario Manchú para que monte un spa o un bar de pilinguis. Supongo que entonces reaccionaríamos.

Se trata de un edificio interesante y enigmático en el cual Miguel Ángel Navarro se aplicó con un elegante estilo modernista en los vanos y rejerías, pero dado que no quiso o no pudo renunciar a otras tendencias nosotros decimos que la obra es de estilo ecléctico y quedamos como dios.

Lo que sí es sabido es que en vida del Sr Monterde su finca poseyó unos magníficos jardines, con invernaderos, cenador, andadores y hasta una fuente ornamental. Las huertas alcanzaban el ramal de la acequia de la Romareda que conformó el trazado de la calle de Sarasate. El resto de las lindes todavía son visibles en los patios interiores de los edificios colindantes. (ver satélite). Con respecto a la mutación a hospital, esta consistió en añadir una planta a las dos que el hotelito poseía. El resultado obtenido se clonó a la derecha de modo que la casa que habitó Monterde es sólo el ala más próxima a la esquina. En la parte de atrás existía un (¿palomar?) liquidado en otras ampliaciones modernas.

Ni qué decir tiene que el vergel terminó siendo arrasado, quedándose el hospital sólo con una pequeña parte del terreno.

Pero todo esto comenzó con un anuncio de maquinaria de elevación bajo el epígrafe de “Florencio Gómez S.A.” .

Florencio Gómez Larumbe puso en marcha su empresa de maquinaria para la construcción en 1889. Fallecido él en 1920 es su esposa, Rosa Oliva Costa, quien mantiene la direccíon durante casi dos décadas. En un anuncio publicado en la Voz de Aragón en mayo de 1929 “Viuda de Florencio Gómez” solicita ajustadores para sus talleres de “Unceta letra C”, una nomenclatura vinculada tal vez a la calle a medio urbanizar.

Dos años después, en una publicación de la Confederación Hidrográfica del Ebro aparece en cambio domiciliada justo enfrente de donde más tarde la conocemos, es decir, en Unceta nº 32, que correspondería con unos solares cruzados en diagonal por la acequia, que dieron lugar a la extraña disposición de la calle Portugal. Por cierto, la casa que ocupa PAYMAR bajo los cartelones oculta una fachada de casi 90 años.

Un dato curioso, publicado también el “La Voz” el jueves 31 de agosto de 1933, es la memoria que el arquitecto Teodoro Ríos hace de las obras de rescate del Pilar donde menciona un montacargas de la “Viuda de Florencio Gómez” que presta servicio en la cripta y que costó 3.300 pesetas.

Durante la guerra los talleres fueron militarizados, y es entre 1943 y 1945 cuando el arquitecto José de Yarza García proyecta para la renovada firma “Florencio Gómez S.A.” las naves que ocuparán la que fuera huerta de Monterde, ahora con entrada por Unceta nº 23, tal y como se publicita en la “Revista Nacional de Arquitectura” de 1955.

A mediados de los años setenta TFG fue adquirida por la también zaragozana TAIM (Talleres Auxiliares de la Industria Minera), formándose TAIM-TFG, actualmente sita en la Cartuja con el añadido de un apellido alemán —creo— que ahora no me viene a la cabeza y que al fin y al cabo importa poco en esta historia. .

torre de monterde

……………………..

Oficina técnica y talleres de Florencio Gómez en 1926. Colegio Oficial de Ingenieros y Peritos de Aragón (nombre abreviado)

A la derecha de los cipreses la casa Monterde en estado original. ca. 1920. Banco de imágenes de Medicina. (MEC)

Gerardo Sancho. 1966 (AMZ)

Planos de 1920 de Casañal y del Catastro de 1935 y 1971 (AMZ)

El sastre del dios Neptuno

93 99.

Fue en agradecimiento al Rey Fernando VII por su patriótica actuación en el exilio, comiendo brioches, encorriendo a las cortesanas y sacándole brillo a las botas de Napoleón, que apenas idos de Zaragoza sus ocupantes la plaza de San Francisco pasó a llamarse de San Fernando.

Neptuno se instaló allí al mes de fallecer el susodicho rey, coincidiendo con el acatamiento de la Constitución por parte de la princesa. O mejor dicho, por parte de la madre, cual un ventrílocuo.

Sin embargo, y sospechando aquellos munícipes que tanto a la madre como a la hija la Constitución les importaba un higo, pensaron que sería buena idea trocar de nuevo el nombre de la plaza, llamándola ahora de “la Constitución”, título que hubiese mantenido hasta hoy de no haber sido por el golpe de18 de julio de 1936.

Volviendo atrás, al prólogo de este asunto, lo cierto es que habían sido los concejales foranos los primeros en entender la imperiosa necesidad de una fuente pública en Zaragoza, para la que en 1812 Tomás Llovet esculpió al citado dios Neptuno, quien debido a la precipitada salida de sus mentores se pasó tres lustros arrinconado en alguna dependencia municipal atormentado por la incertidumbre. Hasta que pudo ocupar por fin su sitio en 1833.

Y es que en Zaragoza somos más de mártires. La mitología se vende fatal. Si nos circunscribimos a las fuentes públicas tenemos sólo el centauro del Dr Cerrada, el cual alguna vez tuvo chorrito, y las musas que Rallo moldeó en 1987 para decorar el frente del Teatro del Mercado. Siempre que demos por buena la nacionalidad de la Samaritana, quien por su perfil griego diríase que no ha visto Samaria ni en postales. Neptuno, resentido quizá por el maltrato, demoró una docena más de años en hacer manar agua de sus caños, hasta que en 1902 fue desmontado cediendo al monumento actual el protagonismo, no el sitio, pues la vieja fuente quedaba muy descentrada con respecto a la plaza.

Nadie volvería a ver “viva” a “fuente de la Princesa” hasta treinta y pico años después.

Sabido todo lo anterior perderé el tiempo con otros detalles sin sustancia que aparecen en esta foto custodiada en el AMZ sin precisar autoría, pudiendo ser de Coyne, Lévy, Hauser&Menet o Thomas o cualquier otro “padre”.

Respecto a su datación, deduzco que habrá sido tomada unos pocos años antes de 1898. Don Francisco Pérez, maestro sastre que como se ve, despachaba por entonces en una de las esquinas más cotizadas de la ciudad, en 1900 pasó a cortar sus ternos en el entresuelo del nº 31 del Coso, adonde se llevó su rótulo, para después hacerlo en el nº 58. Tales mudanzas lo mismo pueden llevarnos a pensar que era un sastre portentoso como todo lo contrario.

En otro orden, la farola que se ve descabezada no había sido víctima de una revuelta obrera ni de la pedrada de un gamberro, sino que es el resultado del interludio entre dos tendidos de alumbrado. La farola en el borde justo de la acera pertenece al “moderno”, que de modo muy prolijo rodeó la plaza desde entonces. Las anteriores que quedaban desperdigadas por la plaza se fueron retirando tras pasar un largo periodo sin luminaria.

El de los barriles es un problema de física de 2º la ESO. ¿Cuánto tarda en llenarse un barril de “n” litros si del caño fluye agua a razón de “x” metros cúbicos por minuto? La tubería embocaba en el morro del delfín con tal precisión que salvo el poco de agua que se desliza por la piedra no se desperdiciaba otra. Quien opte por ahorrase las cuentas puede conformarse con deducir que el tiempo de llenado debía ser lo suficientemente largo como para que el aguador se distrajese conversando.

01617373

En el momento de la foto están anulados los tres surtidores existentes en los costados, sólo mana agua de los delfines. Es en el que queda libre de donde llenan los cántaros las mujeres. No los sumergen en la ya acumulada sino que buscan el agua recién caída. La moza joven alcanza el chorro con relativa facilidad, pero aún así la posición sería fatigosa. Levantar el recipiente una vez lleno supondría arriesgarse a un cruel latigazo en los riñones. Conscientes de que de entonces a hoy la media de la talla femenina ha subido gracias a los petisuis, hemos de maravillarnos por los redaños que poseían nuestras bisabuelas.

Por su parte los barriles parecen asemejarse en volumen a los actuales de cerveza, que contienen 50 litros. Los retratados son de madera y su peso habría que sumarlo al del agua contenida. Podrían hacerlos rodar hasta el carro, pero después era necesario subirlos al mismo. Poseen una única asa, de lo que se deduce que eran manipulados por un solo hombre. Otra cosa es que si en un principio la plaza se mantuvo enrasada, pudiendo las caballerías arrimarse del todo a la pileta, más tarde ésta fue aislada por mojones verticales unidos por una cadena. En 1879 la plaza ya estaba rodeada de un bordillo que diferenciaba la calzada del espacio peatonal, algo netamente citadino e inconveniente para los aguadores, pues les obligaba a dejar los carros a unos cuantos metros de la fuente,

Volviendo una vez más a la ESO, con sus kilopondios y sus julios, y refiriéndonos a los carros de mano, acomodados los barriles, al parecer cuatro, el peso del conjunto a arrastrar por las pantorrillas del aguador pasaría de los 200 kilos, sin contar el del propio carro. Aunque lo pretenda, Zaragoza no ha sido llana en su puñetera vida, abundando las subidas, cuestas y puyadas. El reparto llevaba implícito un ejercicio físico “eslomador”, un verbo que en el siglo XXI por fortuna casi ha caído en desuso. .

En la fotografía aún se ven más cosas, como el empedrado que evitaba el embarrado de las faldas. Y hablando de faldas, la tertulia no es mixta por más que un cuadro de Pallarés muestre en idéntico escenario a hombres y mujeres platicando con una desinhibición propia de Badoo. La del óleo es una escena costumbrista y las escenas costumbristas “acostumbran” a mentir. Sí es curioso en cambio ver a algunos caballeros junto al evacuatorio, una localización si no desagradable, tampoco inodora. Tras él existe un kiosco que asoma apenas.

Acabaré apuntando que los árboles que sombrean la plaza, plantados una o dos décadas atrás, serán eliminados en 1902 a fin de “esclarecer” el entorno del nuevo monumento. Hasta finales de los 20 la plaza no volverá a arbolarse, siendo enrasada otra vez en 1961.

Más allá se ven los del paseo. Conforme mediaba el siglo a las dos hileras primitivas se les añadieron otras en los laterales, con ejemplares de otra especie, algo desiguales, que daban lugar a dos frondosos pasillos. En el caso de que alguno de ellos hubiese logrado sobrevivir hasta 1961, sucumbiría entonces ante el deseo del alcalde Gómez Laguna de tener su propia Castellana. Como parte de esa actuación fueron plantados otros nuevos en las aceras que a su vez serán talados en la penúltima reforma.

Y puesto que todo es historia, también nosotros lo somos al haber sido testigos de la plantación de los tilos actuales. A los que quien suscribe espera ver altos y robustos cuando llegue a su particular siglo de existencia. Todo es cuidarse y no salir mucho de la urna.

01617377

………………………………..

Anuncios: Guía de Zaragoza. 1998 y 1900. Fortún Sofí.