Convento de Jersualén. Monjas y goles

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Pues luego que doblen

a las ánimas, con tiento

saltando al huerto, al convento

fácilmente entrar podéis.

Con oro nada hay que falle;

Ciutti, ya sabes mi intento:

a las nueve, en el convento;

a las diez, en esta calle.

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No le resultó difícil a Don Juan colarse en las Calatravas y secuestrar a Doña Inés. Lo mismo le pasa a Jean Valjean cuando huyendo del inspector Javert salta una tapia y se refugia en un convento. Ni ha de ir muy lejos Maximilano cuando visita a Fortunata, encerrada en las Micaelas a causa de sus amores. Aunque en Zaragoza fuesen otros los argumentos, también en ella las fundaciones religiosas se desparramaban dentro del perímetro urbano, siendo en muchas zonas los muros de sus huertas y los limítrofes de la ciudad la misma cosa.

Una simbiosis ésta siempre sujeta a cambios. En 1767 los jesuitas recibieron el ilustrado puntapié de Carlos III, y más tarde los malentendidos con Francia abocaron a una guerra en la que frailes y curas dispararon con puntería davídica, respondida a cañonazos contra sus bibliotecas y refectorios. Idos los invasores, fueron los políticos desamortizadores los que intentaron vaciar de monjas y monjes las posesiones eclesiásticas. Dios no mandó rayos sobre Mendizábal o Madoz porque, por omnisciente, sabía que España padece un trastorno ciclotímico y que al cabo del tiempo gran parte de aquellos inmuebles retornarían a las mismas o a manos parecidas. Superado ese bache, y algún que otro brote de ineficiente anticlericalismo, las fundaciones religiosas continuaron copando extensas áreas urbanas a cambio de rezar, marcar con sus toques las rutinas, rescatar a las damas descarriadas y producir rosquillas.

Le llegada del audaz siglo XX no significó “per se” ningún un cambio y muchas congregaciones siguieron avecindadas en los ya ruinosos caserones que habían heredado en las cinco centurias anteriores, cristianamente resignados a que los revoques les cayesen sobre las tonsuras y los tazones. No le costó poco a la “General Electric” convencerles de que la piedad no tiene por qué ir aparejada a la penumbra y que no era concupiscente madirar votos y progreso. Superada la guerra de 1936 y su posguerra, los apaños con los EEUU en los cincuenta disimularon a la dictadura, la cual pudo paliar sus íntimas carencias, como fue el caso del cemento, material que se convertirá en el principal componente de su dieta. No mucho después los superiores de las órdenes apararon las faltriqueras y a cambio de sus solares recibieron de los constructores y sin penitencia inmodestas cantidades con la que pudieron mudarse con sus respectivas reglas a la periferia a disfrutar de suelos de terrazo, aseos alicatados y celdas con calefacción.

 

Pionero de este viaje fue el convento de Jerusalén, creación personal en 1484 del secretario real Juan de Coloma, quien según se dice,«fundóle en sus mismos palacios, entre el de San Francisco y el de Santa Catalina, y muy cercano a Hospital Real y general». Las cuatro “venerables señoras” fundadoras procedían de Barcelona, y si bien el Papa ordenó que la nueva fundación se rigiese por la Tercera Orden Franciscana, como a Coloma y a sus monjas ésta les parecía “poco estrecha” rogaron al Pontífice que les permitiese migrar a la regla de Santa Clara, mucho más cañera. La propia hija de Coloma llegará a ser abadesa.

Habiendo sufrido el convento y sus moradoras las atrocidades del asedio de 1808, en vísperas del segundo las diez religiosas supervivientes huyeron a Mallorca, de donde regresaron media docena de años más tarde, hallando arruinada su casa. Por entonces, tras desescombrar los extintos San Francisco y Hospital de Gracia, las autoridades zaragozanas “en la distancia que media entre la plaza de San Fernando y la Puerta de Santa Engracia” planeaban la apertura del vial que conocemos hoy por Paseo de la Independencia, en aquello sus principios Salón de Santa Engracia. A esta nueva alineación hubo de sujetarse el arquitecto Antonio Vicente cuando, en 1820 y con escasos medios, reconstruyó para las clarisas una docena de celdas y la capilla.

No será hasta 1857 cuando la orden encargue a Martínez Sangrós la fachada que conocemos por fotografía. En ese momento las dos manzanas alzadas en el lado de los pares del “Salón de Santa Engracia” obedecían ya a un esquema de pórticos inspirado en la rue Rívoli de París. No sucedía lo mismo en la acera de enfrente, de ahí que Sangrós en la fachada conventual no se plegase a tales designios, proyectándola sin porches. Tampoco los poseerá el teatro Pignatelli cuando sea edificado en el extremo del paseo en 1878.

La idea original resucitará una vez derribado dicho teatro en 1914, al levantarse, provisto de porches, el número 37 de Independencia, adelantándose a la vez los que en 1926 pertenecerán a Correos y Telégrafos. Con el mismo esquema les seguirán el edificio de Telefónica y los números 23 y 25, todos ellos en 1927, el propiedad de Escoriaza, esquinero con la plaza de Santa Engracia, en 1928, el de la aseguradora “La Catalana”, de 1929, y el proyectado en 1930 para Heraldo de Aragón.

 

El Convento de Jerusalén padeció achaques de por vida, hasta el punto de que en 1940 buena parte de su fábrica estaba apuntalada. Por ende el Ayuntamiento aplaudió la decisión de la comunidad de vender sus habitaciones y huertas a una constructora. Derribado en 1947, del suelo resultante se obtuvieron cinco parcelas. Sobre la correspondiente a Independencia nº 19 será donde el madrileño Manuel Cabanyes proyecte la sede de la firma de seguros La Equitativa, en cuyos bajos Yarza y Martínez de Ubago proyectarán el cine Coliseo. Las otras parcelas pasarán a ser las fincas 3, 5 y 7 de Zurita y el 6 de Isaac Peral. Ineludiblemente “La Equitativa” fue dotada de porches, lo mismo que el edificio elevado en esos mismos días por la sociedad Ángel Aisa y Hermano sobre el solar anejo, el nº 21, no perteneciente a las clarisas. Las fincas entre los números 3 al 9 irán siendo sustituidas a lo largo de la primera mitad de los 50.

Restaban por integrarse a la uniformidad de Independencia los portales del 11 al 17, que en 1971 dejaron su espacio a Galerías Preciados. Resta decir que hasta mediado el XX el inicial sueño parisino era todavía visible en media docena de fincas pares, de las que hoy sólo sobrevive la de la equina con la calle 5 de Marzo, así como que jamás de los jamases los proyectistas del XIX imaginaron una plaza de Aragón porticada, actuación con la que se intentó disculpar la criminal eliminación, uno a uno, de los hotelitos que antaño compusieron el óvalo.

Mas allá de éste último, y no sin tropiezos, en los primeros años treinta la Gran Vía se había prolongado hasta el parque. En 1939 había vuelto a redactarse el único artículo que en el Código Civil hacía referencia a la “propiedad horizontal” con el objeto de facilitar a la nueva clase media, carente de recursos para edificar de nueva planta, la aquisición de un piso con la porción de enteros correspondiente. Así, mientras en la plena posguerra en los barrios viejos las penurias persistían, comenzaban a proyectarse para el naciente “ensanche”  destacables edificios provistos de calefacción, baños y ascensor.

En nada quedarían en cambio las propuestas de José Beltrán y Regino Borobio para el área situada más allá del puente del parque, en la que idealizaron una moderna e higiénica zona residencial. En su lugar, estos mismos arquitectos en comandita con Fernández Huidobro y José Borobio, edificarán, en distintas etapas desde 1941, la Feria de Muestras, y en 1943 el colegio de Huérfanos de Magisterio, en tanto en ese mismo paraje y a la vez arrancaban las obras de la “Residencia Sanitaria José Antonio”, obra de García Mercadal, cuya inauguración se demoró a 1955. Todo ello quedaría domiciliado en la novísima avenida, destinada a converger un kilómetro más adelante con la carretera de Valencia, que acabó siendo bautizada en 1947 como paseo de Isabel la Católica, pues a pesar de su incondicional apoyo al régimen la reina de Castilla no poseía calle en el reino de su esposo.

En el número 10 de dicha avenida, abarcando una parcela trapezoidal regada por la acequia del Viñedo Viejo, fue también de los hermanos Borobio el proyecto del que sería Monasterio de Franciscanas Clarisas de Santa María de Jerusalén, de 1940. Concebido desde los austeros criterios “borobianos”, el conjunto lo componen volúmenes simples carentes de ornamentación. Un porche separa el módulo dedicado a hospedería del edificio conventual, que en forma de ele tiene adosada la capilla, de una sola nave y paralela a la avenida. El terreno ocupado por los jardines y huertas se mantiene íntegro hasta el día de hoy.

 

Por aquel entonces el balompié local presumía de reunir a cerca de 15.000 aficionados en el campo de Torrero, que llegarían a ser 20.000. Zaragocistas y clarisas estaban pues lejos de sospechar que en las décadas siguientes ciento y pocos metros separarían la espadaña del Gol Sur, mas al único que las reverendas pueden culpar de la pérdida del sosiego monacal es al alcalde Luis Gómez Laguna, y hombre más católico que éste imposible. Tampoco tuvieron parte ellas en el negocio inmobiliario medrado en su redor. Mártir y virgen, Santa Clara poco podía entender de política y dineros.

Pasado un cuarto de siglo de la mudanza de la orden al extrarradio la España granítica, aquella grabada a golpes de cincel en los muros de El Escorial, mutaba en un irreverente grafiti propio de un campus universitario. Como parte del descomunal cambio de paradigmas desaparecieron los condicionantes que habían abocado a miles de mujeres a profesar sin ningún convencimiento. En 1965 las conclusiones del Vaticano II instaron a los párrocos a aperase del púlpito. En 1967 Gracita Morales encarnó a “Sor Citroën”. Nunca mejor dicho, ya no había marcha atrás.

Aquella tía monja que los españoles recibían a tomar café en las tardes de domingo era sustituida por una cuñada soltera que trabajaba en SEPU, fumaba, vestía frescachona y viajaba al extranjero.

Por todo lo expuesto, éste modesto cronista concluye opinando que donde aún está, el convento de Jerusalén nos cuenta, además de la suya, la historia del resto de la sociedad española, así como la del particular proceso de dilatación de nuestra ciudad. Y que por todo ello su fábrica debe allí permanecer. Tal cual está o casi. Quien la habite, célibe o promiscuo, es ya asunto de su actual dueño.

 

 

Dibujo de la fachada del Convento de Jerusalén: Ambrosio del Ruste. (Recuerdos de Zaragoza. Blasco Ijazo. 1950. El Noticiero).

Proyecto para la prolongación de la Gran Vía. José Beltrán y Regino Borobio. 1938.

Vista aérea del Convento en el Pº de Isabel la Católica y edificios que serían derribados de Independencia. (Gerardo Sancho. 1968 AMZ).

Manzana ocupada por el Convento de Jerusalén. Plano catastral de 1934.

El más moderno mobiliario urbano

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Fue Don Joaquín Briz, caballero tradicionalista y concejal más tradicionalista todavía por el siempre tradicionalista distrito del Pilar, quien en la sesión plenaria del Ayuntamiento celebrada el 26 de julio de 1922 dijo que los bancos que estaban siendo colocados en el paseo de Sagasta le parecían «impropios de ese lugar» .

Instaba por tanto al Concejo a que «autorizara a la Comisión de Montes para ver el modo de remediarlo suspendiendo la construcción de los que faltan para modificarlos aun cuando se altere el precio y que los que ya colocados se llevasen a otros puntos».

El antiguo camino de Torrero, hasta entonces una calle embarrada flanqueada por descomunales plátanos de sombra y poseedora en sus aceras de bancos de piedra sin respaldo, estaba mudando de aspecto, dotándosele del andador central, a lo largo del cual estaban instalándose los que Briz consideraba “bancos impropios”, que probablemente serían de los consistentes en tablas como respaldo y como asiento soportadas en sus extremos por grandes piezas de fundición con aspecto vegetal. Alguno queda por ahí.

Ni te cuento lo que opinaría Don Joaquín si viese el diseño de los bancos públicos de hoy en día.  

Pasados unos meses, en la sesión del Ayuntamiento del 25 de noviembre, presidida por el alcalde Basilio Fernández, urgía aprobar los planos, presupuestos y pliegos de condiciones que darían lugar al Grupo Escolar Costa. De aprobarse, habría seguidamente que «ratificar los acuerdos de cesión del solar necesario en los terrenos del campo del Sepulcro tan pronto como pasen a propiedad del ayuntamiento por la permuta con el Banco de la Guerra». Diríase que el mismo Costa en forma de ectoplasma ejerció presión sobre los ediles, pues contrariamente a la dinámica habitual de aquellos plenos el asunto se aprobó y a continuación se ratificó. Otro de los temas tratados en dicha sesión fue el emplazamiento del obelisco dedicado a los funcionarios asesinados dos años atrás, que unos deseaban situar en el cementerio y otros frente al Gobierno Civil, como recuerdo sutil al Gobierno Central de que los caídos pertenecían exclusivamente a la plantilla municipal. 

Respecto a la queja de Briz del pasado julio, en ese mismo pleno se presentó el siguiente dictamen de la Comisión de Montes; 

«Primero; que se acuerde en principio la colocación de bancos de cemento armado en el Paseo de  Sagasta.  Segundo; que se acepte la oferta gratuita del Señor Lasuén. Tercero; que el Sr arquitecto municipal presente un modelo adaptado a las condiciones del sitio donde han de ser colocados los bancos, presentándolos de forma monumental y artística. Y cuarto; que los anuncios que en los bancos se coloquensean previamente revisados en su texto y en su dibujo para que no desdigan del sitio donde van a ser expuestos» 

El concejal Sr Ortega elevó una protesta, pues según él el proyecto de la Comisión era “solamente que se hiciese un modelo para prueba”. Consiguió con ello que se cambiasen las condiciones consignadas en el dictamen por otras que decían que «se le invitaría al Sr Lasuén a construir un modelo de acuerdo con las indicaciones del arquitecto municipal y bajo su dirección artística». El modelo se propondría al ayuntamiento para su aprobación.

Éste Lasuén no era Dionisio sino Mario, su hijo, con domicilio en la casa-taller diseñada por su padre, sita al fondo de la calle del Arte, hoy Bolonia. Hasta el anterior febrero Lasuén había ejercido como concejal interino designado por el Gobernador en 1920 tras la defenestración del anterior Ayuntamiento. Don Mario, además de ser docente en la Escuela de Artes e Industrias, se dedicaba a los prefabricados de cemento y piedra artificial.

Así, en la sesión del 13 junio de 1923 la referida Comisión de Montes y Propios solicitó que “se acepte la oferta del Sr Lasuén y se le autorice la colocación de cien bancos anuncios en el Paseo de Sagasta”.

Dos semanas después el concejal Mariano Villar presentó una enmienda para que el tiempo de la concesión se fijase en quince años. Tras varias discusiones fue concedida la autorización «con arreglo al modelo presentado, pudiendo explotarlos durante diez años, quedando transcurrido el plazo de propiedad del Ayuntamiento».

Para seguir el relato es indispensable desplazarse a Talavera de la Reina, población a la que apenas arrancado el siglo XX el pintor y fotógrafo toledano Juan Ruiz de Luna dedicó una colección de postales, incluyendo en ella imágenes de los escasos alfares allí supervivientes. Antaño emporio de la cerámica renacentista, Talavera cayó en desgracia cuando los borbones impusieron sus gustos franceses concediendo su favor a las Reales Fábricas de Alcora y el Buen Retiro. Reconvertido en ceramista el fotógrafo fundó en 1920  junto con Enrique Guijo la sociedad “Ruiz de Luna-Guijo y Cia”, empresa que contaba con el apoyo de Platón Páramo, un reputado coleccionista talaverano que ofrecería sus piezas como modelos. No duró mucho la comandita. Guijo, trasladado a Madrid, realizará en los años siguientes murales publicitarios para el Metro, en tanto Ruiz continuaba el oficio en Talavera como único propietario. La cerámica tradicional, que había sido desplazada del hogar por unos cacharros baratos facturados por máquinas, iba a ser ahora requerida como soporte publicitario por un moderno modelo de economía, basado en el impacto visual. Guirnaldas, bellas tipografías y voluptuosas damas griegas y castizas desparramadas en coloridos mosaicos, anonadaban al paisano, convenciéndole de que comprase lo que no estaba muy seguro si quería comprar. 

banco Margalé

Desconozco qué tipo de nexo hubo entre Ruiz de Luna y Lasuén, pero procurando no meternos en rosaledas cabe recordar que acababan de surgir los postulados según los cuales en el objeto “la forma debía depender de la función”. Obedeciéndoles, la belleza, joven desinhibida a la que el artista jamás ponía barreras, en lo sucesivo debería adaptarse  a un desempeño. Sin embargo ante los bancos de Sagasta, cuya única decoración eran volutas en los respaldos y escudos leoninos en los zócalos, los teóricos de la Bauhaus se hubiesen roto la cabeza. ¿Su misión primordial era la publicitaria o debía primar en ellos el coxis del paseante? Hemos de admitir que si bien en invierno los asientos y respaldos de baldosas resultarían heladores, ofrecerían por contra gratas sensaciones en las tardes de verano. No obviemos que la etiqueta exigía salir de casa con chaqueta, medias y tacones, de modo que una familia en chanclas y bermudas hubiese provocado la actuación de varias dotaciones de  la guardia urbana.

En otro orden, el soterramiento del Huerva y la consecuente desaparición del puente de Santa Engracia dio lugar a que durante un breve periodo el Paseo de Sagasta arrancase en la plaza de Aragón. Compuesto por cinco segmentos de andador, los dos primeros desaparecieron con la invención de la plaza en honor de Basilio Paraíso. En todos ellos era idéntica la disposición de los parterres; tres árboles plantados en hilera y entre cada grupo de árboles, un banco. En el plano del Catastro de 1934 contamos ocho de ellos en esas dos pequeñas isletas iniciales, treinta y ocho en cada uno de los dos tramos siguientes (entre Sasera y Bolonia y entre Bolonia y las Torres) y nueve en el último (hasta el parque Pignatelli), no existiendo plantas ni mobiliario en el tramo tendido sobre la zanja ferroviaria.

No obstante, las cosas no debieron de salir tal cual estaban pensadas. En “La Voz de Aragón” del 28 de noviembre de 1928 cierto somarda colaborador decía: «Ya hace varios años que se instalaron los bancos en el Paseo de Sagasta y todavía no ha quedado terminada su construcción. Faltan mayólicas anunciadoras en los frentes y respaldos de muchos bancos. Y lo que es peor, su conjunto, sucio, descuidado, dista mucho de ser ornamental. Los vecuinos de esta vía se quejan, y con razón. ¿Habrá manera de terminar esta obra, a la que nos condujo nuestra “perspicacia” comercial?»

Desconocemos si se habría remediado el chandrío cuando en mayo de 1929, ya sin la participación de Lasuén, que fallecería ese mismo año, “La Voz de Aragón” contaba que el Ayuntamiento había abierto un nuevo concurso «para la instalación de algunos bancos construidos recientemente en las canterías de la ciudad, los cuales se emplearán para fijar anuncios repartidos por paseos y jardines de la población». Hubo quien solicitó que algunos de ellos se instalasen en el cementerio, siendo adjudicados un año más tarde al contratista  Francisco García Pérez.

Acabada la guerra civil al Pº de Sagasta no sólo le harían cambiar de nombre sino también de vecindario, ya que el entrante olvidó las aristocráticas pretensiones a cambio de tener dinero en la cartilla. La disposición del paseo central se modificó de nuevo en torno a los años cuarenta, sustituyéndose entonces los viejos bancos por otros de listones. Llegados los sesenta las afectadas fueron las largas plataformas peatonales, que quedaron seccionadas como consecuencia de las aperturas de la calle León XIII y la Avda de Goya.

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Dejo inconcluso el relato de cómo y por qué los bancos ubicados y reubicados en la orilla del Canal y en el parque se fueron deteriorando hasta el extremo de no tener los gestores municipales —así lo parece— la posiblidad de restaurarlos. La lluvia y el hielo tuvieron algo que ver, pero no todo. Tal vez si nadie salió a defenderlos fue porque las empresas en ellos anunciadas habían fallecido hacía mucho. De suceder hoy, Carrefour o Movistar le hubiese puesto un pleito al Consistorio.

Retrocediendo a abril de 1929, contado como simple curiosidad, una firma forana de nombre “Strand”, como todo lo forano a la vez que audaz, ingenua, puesta al habla con el Ayuntamiento ofreció realizar un “ensayo” en Zaragoza consistente en la instalación, gratuita, de una docena de bancos anunciadores que a los 20 años pasarían a propiedad municipal. Tendemos a suponer que dicho asunto quedó en nada.

Murales publicitarios realizados a base de azulejos existen en muchas ciudades, goleando Portugal, pero en muy pocos encontramos bancos publicitarios similares a los de Zaragoza. Quien suscribe los ha visto en la Rioja, por ejemplo, pero no en Sevilla, a pesar que se dice que los hay. Cuentan que Mario Lasuén declinó hacer otros semejantes para Calatayud, Ejea y Cariñena. Esperemos que no le pasase como al moro del romance.

«…el moro que los labraba / cien doblas ganaba al día… / …desque los tuvo labrados / el rey le quitó la vida / porque no labre otras tales / al rey de la Andalucía».

familia

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Fotos: Colección Manuel Ordóñez / Mora Insa. AHPZ_MF_MORA_003805/ Rafael Margalé. Archivo TAUMAR.

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