de madames y cañones

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En el siglo XVIII Zaragoza no tenía Corte Inglés. Y no, Sepu tampoco. En otro orden de cosas, no habiendo sido en vida excesivamente blasfemo y fornicario una vez muerto te podían sepultar en el fosal de tu parroquia, que te pillaba cerca. Estas dos cuestiones en apariencia resultan disconexas, pero no lo son.

Antes de existir el cementerio, la cárcel, el Canal y el Corte Inglés —los cito en bajada— Torrero era sólo un monte. Modesto en altura, pero vasto, poseía colmenas, corrales, viñedos y canteras de yeso. En la práctica era un paisaje lejano para los zaragozanos habitantes de la vieja ciudad amurallada. Hasta 1782, cuando por su vertiente septentrional se hizo pasar al Canal Imperial de Aragón. Este avance posibilitó, aparte de la traída de buenísimos espárragos, la ejecución de riegos y la puesta en marcha de “ultramodernas” fábricas.

En 1786 se instaló en Miraflores, usando terminología del XXI, su “plataforma logística”, convirtiendo en imprescindible una vía bien urbanizada, a poder ser rectilínea, entre el puente de tablas sobre el Huerva, junto a la huerta de Santa Engracia, y aquel lugar (*).

Así fue como a finales de 1808, estando los zaragozanos baldados aún por el primer Sitio pero de momento triunfantes, las tropas del mariscal Lannes asomaron el chacó avisando del segundo. En previsión de un ataque por el Sur Sangenís se había esmerado en la construcción de fortificaciones próximas al puente de América. Y por lo que pudiera pasar, y al final pasó, construyó en la orilla derecha del Huerva y apenas pasado el citado puente, el llamado Reducto del Pilar, encomendado a la Virgen aunque sin preguntarle antes a ella si deseaba implicarse al 100% en el conflicto. Al final demostró no estar del todo convencida.

Permítaseme saltar por un momento a tiempos recientes, en concreto a un día de hará varios veranos. Hallándome ocupado en mostrar la ciudad a un primo turista, al pasar por el lugar y con su natural irreverencia de forano el susodicho me señaló a los conocidos cañones y preguntó:

¿Esos cañones apuntando a la puerta del Corte Inglés los ha puesto Carrefour?

Si bien antaño los cañones apuntaban en dirección a la ciudad, en los años 80 el desatino, nunca mejor dicho, se corrigió y ahora amenazan los stands de Pinaud y de Lancôme, en cierto modo una alegoría. No se “regiró” en cambio al conjunto escultórico en el cual, patriota pero despistado, el defensor sacude culatazos en dirección a Don Basilio Paraíso en cuenta de al enemigo.

Como todos sabemos el enclave, y luego la ciudad, terminaron por capitular, quedando en manos de franceses y afrancesados su gobernanza durante cuatro años. Los ilustrados ocupantes, muy pragmáticos si los comparamos con los patrios, se dispusieron a gestionar un puñado de cosas con el tiempo bienvenidas. Uno de sus legados fue el “Decreto de cementerios” de las Cortes de 1813, obligando a establecer lugares de enterramiento en las afueras de los núcleos habitados. Consecuente en Zaragoza fue la creación una década después del actual cementerio Municipal. Con todo ello el camino de Torrero incrementaba su importancia, arbolándose y adornándose de manera especial su inicio en la hermosa glorieta.

Angular al principal arrancaba allí un segundo camino. Ancho en su inicio, iba perdiendo poco a poco adecentamiento y salvando acequias entre olivares talados conectaba al fin con el de San José. No sé si aludo a una leyenda romántica y periurbana si comento que las señoras esposas y no esposas de las tropas imperiales, no sintiéndose cómodas por las calles del viejo casco medieval gustaban de hacerse llevar hasta allí para pasear, dándole el nombre al “paseo de las damas”.

Sea así o no, la bifurcación adquirió la forma hoy superviviente; un espacio triangular muy similar al marcado por los fosos cavados en torno al desaparecido reducto. Adaptándose a ese predio las reverendas madres del Sagrado Corazón alzaron en 1875 sus habitaciones y su colegio. En 1879, ellos más cerca del río, los padres jesuitas levantaron el suyo. Añadámosle la urbanización de los primeros solares del lado de los pares del ya denominado a finales del XIX paseo de Sagasta.

Llegados a 1909 la zona medianera entre los dos caminos aún no tenía nombre. En realidad no tenía nada. Con motivo del centenario de los Sitios el Consistorio decidió hermosearla con el obelisco precursor del monumento actual. Algo más tarde el paseo de las Damas perdió su lugar en el nomenclátor por cedérselo a Ricardo Sasera y Samsón, catedrático de Romano y foralista. Por su parte la glorieta se mantuvo anónima hasta la 2ª República, siéndole dedicada entonces a Don Benito Pérez Galdós. Así, el plano del Catastro de 1935 aparece rotulado con los prestigiosos nombres de Sagasta, Galdós y Sasera. Por desgracia al menos dos de estos grandes apellidos provocaron alguna malfunción intestinal en los vencedores franquistas y durante cuarenta años Sagasta quedó relegado del callejero, pasando a ser el titular de su avenida el general, primero golpista y después estrellado, Emilio Mola, en tanto Pérez Galdós también perdía su glorieta por republicano y anticlerical, llamada desde entonces de Sasera, a quien los ignorantes falangistas reformadores dieron por inocuo. Con todo ello el Paseo de las Damas recuperó su nombre.

En 1951 Mora retrata este paseo cuando no es fácil reconocerlo. Aparece arbolado hasta su mitad. La tapia del Sagrado Corazón, lisa y lasa, linda con las huertas, a las que se accedería mediante el portón fotografiado. Más o menos es por donde la acequia (aquí parece estar ya cubierta) penetraba en el convento. Frente al colegio se alza solitario el nº 7 de Damas, pudiendo ser también el nº 9, pues ambos son gemelos y de 1950. Al fondo, el edificio Elíseos.

Girando 180 grados el objetivo mira a continuación hacia el otro extremo de la calle, desde hacía poco ensanchada, capturando a la derecha el número 30, decano de la vía (1948), y allá en el extremo del paseo, volcándose en el camino de las Torres, la residencia de las Oblatas, todavía en su sede original mostrando su distinguible espadaña.

Sancho Ramo repite una década después unas tomas parecidas. Para entonces existe ya la calle León XIII, en cuyo cruce el reportero se sitúa fotografiando un paseo de doble dirección, algo frenético, adoquinado de principio a fin hasta el punto de haber necesitado ya algunos parches. Y bastante más arbolado.

Salvo los estilosos vehículos de los años sesenta, Sancho en su primera instantánea retrata casi lo mismo retratado por su colega. Sin embargo al fotografiar en dirección contraria vemos la acera de los impares de Damas del todo edificada. Las Oblatas ocupaban en su residencia moderna, a la que un par de décadas después renunciaron a cambio de un capazo de millones, por no desentonar de las hermanas del Sagrado Corazón quienes en la otra punta habían hecho exactamente lo mismo, alzándose sobre sus edificios y jardines el centro comercial y las modestas viviendas para obreros de Residencial Paraíso. Los límites al Sur de la finca de las corazonistas coinciden con los actuales del Centro Deportivo.

Y hete aquí un dato interesante, hasta inquietante según cómo se contemple. Sin ánimo de incordiar a los practicantes, y me refiero a los del tenis, sus canchas ocupan el suelo ayer ocupado por el antiguo cementerio monacal. A este se accedía por un callejón diagonal en el cruce de las calles Bolonia y Dr Casas, pasillo cuya impronta perdura en el medianil del edificio de la mencionada esquina.

El plano de 1935 señala también en ese punto, aneja al cementerio, una “gruta con imagen”.

………………….
(*) En los planos previos a esa época no siempre figura la pasarela de madera, al parecer existente atrás de Santa Engracia. Sí en cambio aparece el sólido puente de San José, por donde seguramente acostumbraría a ir quien subiese al monte de Torrero.

…………………..

Plano Catastro 1935.

Plano fortificaciones. Gambau. 1913.

Plano de Yarza. 1861.

Mora. 1951. AMZ.

G. Ramo. 1961. AMZ.

G. Ramo. 1962. AMZ

Madames y cañones

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En el siglo XVIII Zaragoza no tenía Corte Inglés. Y no, Sepu tampoco. En otro orden de cosas, no habiendo sido en vida excesivamente blasfemo y fornicario una vez muerto te podían sepultar en el fosal de tu parroquia, que te pillaba cerca. Estas dos cuestiones en apariencia resultan disconexas, pero no lo están.

Antes de existir el cementerio, la cárcel, el Canal y el Corte Inglés —los cito en bajada— Torrero era sólo un monte. Modesto en altura, pero vasto, poseía colmenas, corrales, viñedos y canteras de yeso. En la práctica era un paisaje lejano para los zaragozanos habitantes de la vieja ciudad amurallada. Hasta 1782, cuando por su vertiente septentrional se hizo pasar al Canal Imperial de Aragón. Este avance posibilitó, aparte de la traída de buenísimos espárragos, la ejecución de riegos y la puesta en marcha de “ultramodernas” fábricas.

En 1786 se instaló en Miraflores, usando terminología del XXI, su “plataforma logística”, convirtiendo en imprescindible una vía bien urbanizada, a poder ser rectilínea, entre el puente de tablas sobre el Huerva, junto a la huerta de Santa Engracia, y aquel lugar (*).

Así fue como a finales de 1808, estando los zaragozanos baldados aún por el primer Sitio pero de momento triunfantes, las tropas del mariscal Lannes asomaron el chacó avisando del segundo. En previsión de un ataque por el Sur Sangenís se había esmerado en la construcción de fortificaciones próximas al puente de América. Y por lo que pudiera pasar, y al final pasó, construyó en la orilla derecha del Huerva y junto al citado puente el llamado Reducto del Pilar, encomendado a la Virgen aunque sin preguntarle antes a ella si deseaba implicarse al 100% en el conflicto. Al final demostró no estar del todo convencida.

Permítaseme saltar por un momento a tiempos recientes, en concreto a un día de hará varios veranos. Hallándome ocupado en mostrar la ciudad a un primo turista, al pasar por el lugar y con su natural irreverencia de forano el susodicho me señaló a los conocidos cañones y preguntó:

¿Esos cañones apuntando a la puerta del Corte Inglés los ha puesto Carrefour?

Si bien antaño los cañones apuntaban en dirección a la ciudad, en los años 80 el desatino, nunca mejor dicho, se corrigió y ahora amenazan los stands de Pinaud y de Lancôme, en cierto modo una alegoría. No se “regiró” en cambio al conjunto escultórico en el cual, patriota pero despistado, el defensor sacude culatazos en dirección a Don Basilio Paraíso en cuenta de al enemigo.

Como todos sabemos el enclave, y luego la ciudad, terminaron por capitular, quedando en manos de franceses y afrancesados su gobernanza durante cuatro años. Los ilustrados ocupantes, muy pragmáticos si los comparamos con los patrios, se dispusieron a gestionar un puñado de cosas con el tiempo bienvenidas. Uno de sus legados fue el “Decreto de cementerios” de las Cortes de 1813, obligando a establecer lugares de enterramiento en las afueras. Consecuente en Zaragoza fue la creación una década después del actual cementerio Municipal. Con todo ello el camino de Torrero incrementaba su importancia, arbolándose y adornándose de manera especial su inicio en la hermosa glorieta.

Angular al principal arrancaba allí un segundo camino. Ancho en su inicio, iba perdiendo poco a poco adecentamiento y salvando acequias entre olivares talados conectaba al fin con el de San José. No sé si aludo a una leyenda romántica y periurbana si comento que las señoras esposas, y no esposas, de las tropas imperiales, no sintiéndose cómodas por las calles del viejo casco medieval gustaban de hacerse llevar hasta allí para pasear, dándole el nombre al “paseo de las damas”.

Sea así o no, la bifurcación adquirió la forma hoy superviviente; un espacio triangular muy similar al marcado por los fosos cavados en torno al desaparecido reducto. Adaptándose a ese predio las reverendas madres del Sagrado Corazón alzaron en 1875 sus habitaciones y su colegio. En 1879, ellos más cerca del río, los padres jesuitas levantaron el suyo. Añadámosle la urbanización de los primeros solares del lado de los pares del ya denominado a finales del XIX paseo de Sagasta.

Llegados a 1909 la zona medianera entre los dos caminos aún no tenía nombre. En realidad no tenía nada. Con motivo del centenario de los Sitios el Consistorio decidió hermosearla con el obelisco precursor del monumento actual, y algo más tarde el paseo de las Damas perdió su lugar en el nomenclátor por cedérselo a Ricardo Sasera y Samsón, catedrático de Romano y foralista. Por su parte la glorieta se mantuvo anónima hasta la 2ª República, siéndole dedicada entonces a Don Benito Pérez Galdós. Así, el plano del Catastro de 1935 aparece rotulado con los prestigiosos nombres de Sagasta, Galdós y Sasera. Por desgracia al menos dos de estos grandes apellidos provocaron alguna malfunción intestinal en los vencedores franquistas y durante cuarenta años Sagasta quedó relegado del callejero, pasando a ser el titular de su avenida el general, primero golpista y después estrellado, Emilio Mola, en tanto Pérez Galdós también perdía su glorieta por republicano y anticlerical, llamada desde entonces de Sasera, a quien los ignorantes falangistas reformadores dieron por inocuo. Con todo ello el Paseo de las Damas recuperó su nombre.

En 1951 Mora retrata este paseo cuando no es fácil reconocerlo. Aparece arbolado hasta su mitad. La tapia del Sagrado Corazón, lisa y lasa, linda con las huertas, a las que se accedería mediante el portón fotografiado. Más o menos es por donde la acequia (aquí parece estar ya cubierta) penetraba en el convento. Frente al colegio se alza solitario el nº 7 de Damas, pudiendo ser también el nº 9, pues ambos son gemelos y de 1950. Al fondo, el edificio Elíseos.

Girando 180 grados el objetivo mira a continuación hacia el otro extremo de la calle, desde hacía poco ensanchada, capturando a la derecha el número 30, decano de la vía (1948), y allá en el extremo del paseo, volcándose en el camino de las Torres, la residencia de las Oblatas, todavía en su sede original mostrando su distinguible espadaña.

Sancho Ramo repite una década después unas tomas parecidas. Para entonces existe ya la calle León XIII, en cuyo cruce el reportero se sitúa fotografiando un paseo de doble dirección, algo frenético, adoquinado de principio a fin hasta el punto de haber necesitado ya algunos parches. Y bastante más arbolado.

Salvo los estilosos vehículos de los años sesenta, Sancho en su primera instantánea retrata casi lo mismo retratado por su colega. Sin embargo al fotografiar en dirección contraria vemos la acera de los impares de Damas del todo edificada. Las Oblatas ocupaban en su residencia moderna, a la que un par de décadas después renunciaron a cambio de un capazo de millones, por no desentonar de las hermanas del Sagrado Corazón quienes en la otra punta habían hecho exactamente lo mismo, alzándose sobre sus edificios y jardines el centro comercial y las modestas viviendas para obreros de Residencial Paraíso. Los límites al Sur de la finca de las corazonistas coinciden con los actuales del Centro Deportivo.

Y hete aquí un dato interesante, hasta inquietante según cómo se contemple. Sin ánimo de incordiar a los practicantes, y me refiero a los del tenis, sus canchas ocupan el suelo ayer ocupado por el antiguo cementerio monacal. A este se accedía por un callejón diagonal en el cruce de las calles Bolonia y Dr Casas, pasillo cuya impronta perdura en el medianil del edificio de la mencionada esquina.

El plano de 1935 señala también en ese punto, aneja al cementerio, una “gruta con imagen”.

(*) En los planos previos a esa época no siempre figura la pasarela de madera, al parecer existente atrás de Santa Engracia. Sí en cambio aparece el sólido puente de San José, por donde seguramente acostumbraría a ir quien subiese al monte de Torrero.

Plano Catastro 1935.

Plano fortificaciones. Gambau. 1913.

Plano de Yarza. 1861.

Mora. 1951. AMZ.

G. Ramo. 1961. AMZ.

G. Ramo. 1962. AMZ