La “Obra” maltrató al arte

Que desde una esquina se pueda ver la otra. El sueño de aquellos arquitectos municipales del XIX era una ciudad sin retranqueos ni panzas en sus calles. A su afán por la linealidad no podía oponerse ninguna fachada, así fuese histórica, divina o exquisita. Gracias a San Borromini Zaragoza salió indemne de la mayor parte de aquellos racionales pero despiadados planes de alineación.

Concretando en la zaragozana calle del “horno de la Santa Cruz”, su aplicación hubiese obligado a a demoler, en parte o en su totalidad, caserones como el de Tarín (Canal), de Ortal (Prior) o el que albergó a la fábrica de caramelos de Sebastián Gil (La Bodeguilla). Siguiendo en los impares el que ocupase los números 13 y 15 cedió el sitio en 1880 a otro moderno (Café Praga)que como bien pudo se enrasó con la escorada casa del Canal. Del otro lado de ésta hasta 1936 no se levantarán el nº 21 (Casa Juanico) y su adosado, con acceso por Espoz y Mina, ambos sobre el solar dejado por el caserón propiedad del conde de Torreflorida.

Tal como la vemos la plaza de Santa Cruz es apenas centenaria.  Se abrió paso tras el derribo de varios inmuebles vecinos de su calle homónima y de la de San Voto, entre ellas la casa palaciega de Francos de Villalba. De la trapezoidal manzana sobreviven sólo el palacio de Torrero y la iglesia parroquial, alzada en 1780 por los arquitectos Yarza y Sanz suplantando a la primigenia del XIII, de la cual únicamente nos queda, dicen, el crismón encastrado en la esquina. En aquella génesis quedó en pie el edificio adosado a la cabecera del templo, el nº 24, el cual saldrá más tarde a colación.

Sin dejar el tema de los derribos, hubo al principio de los 30 una primera idea de prolongar el paseo de la Independencia hasta el Ebro que quedó de momento descartada. Sin embargo Beltrán y Borobio volvieron a plantearla en el “Plan de Reforma Interior de 1939”.Implicaba la desaparición de las calles de Mártires, Cinegio, Ossaú, Bayéu y Santa Cruz. De haberse ejecutado la plazuela y la parroquia hubiesen quedado a un lado de ese ideal paseo, formando un entrante similar al de la plaza de Santa Engracia. El chandrío no pasó del tiralíneas.

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Lo cierto es que por esas fechas el entorno de Santa Cruz ya había recibido un trato de favor por parte de las autoridades franquistas. En 1937 el entonces presidente de la Junta del Canal, teniente coronel Loscertales, propuso al alcalde López de Gera convertirla en un homenaje (el primero de la ciudad) a los “caídos por España en la Cruzada”. Dado que la Junta pagaría la factura el alcalde aceptó de mil amores la sugerencia, adjudicándole el proyecto a Regino Borobio, quien ideó una conjunción de farola y cruz monumental que situaría en medio de un estanque cuadrado. La forja se encomendó a los talleres Tolosa, quienes realizaron una cruz de inspiración asturiana. Tal y como estaban las cosas nadie se iba a poner a discutir que encaramado en los riscos de Covadonga Don Pelayo fue el artífice de la españolidad.

Ya en 1946 las Hermanas de la Consolación, inquilinas desde finales del siglo anterior del que fuera palacio de Don Miguel Torrero, encargaron también a Borobio, (por hacerle un favor, tenía poco curro) una nueva fachada con vistas a la plaza, que es la que ostenta el Colegio de Arquitectos.

Del diseño de Borobio nos ha llegado únicamente la cruz, sin estanque, y descascarillados y escondidos unos azulejos con la siguiente solicitud: «transeúnte, esta cruz bendita espera de ti una oración por los mártires de la guerra». Los faroles originales fueron sustituidos por otros menos estilosos aunque más eficientes. No sé exactamente cuándo echaron a volar un par de ángeles art-decó posados sobre el travesaño donde una leyenda reza «AVE CRUX».

Serían finales de los años sesenta cuando —ahora sí— el mencionado nº 24 fue echado abajo, casi a la par que las casas del 24 y el 26 de Espoz y Mina. No tardaron en caer también las anejas, correspondientes a los números 20 y 22, con lo que la parroquia quedó aislada entre ruinas, feo aspecto que se disimuló instalando una suerte de celosía.

A partir de 1973 los artistas zaragozanos expusieron allí sus obras en las mañanas de domingo. Una particular colina de Montmartre sin colina. El estanque, siempre lleno de hojas, parecía no tener fondo y no recuerdo si llegó a estar habitado por algún pez. En su
rededor, obedeciendo no sé qué tipo de jerarquía, los pintores apoyaban sus obras en el suelo, en el respaldo de los bancos, en la barandilla de hierro o en la pared. Aparte de un servidor, conpantalón corto, muy repeinado, la masa de críticos la componían caballeros que fumaban en pipa, chicas en maxi-falda, damas con cuello de astracán, chicas envueltas en un poncho, melenudos con diversas filiaciones, monjitas de las de azul, chicas en mini-falda, señores de traje marrón y señoras con sofisticadas gafas de sol, amén de un solitario cura con sotana y bufanda de lana gorda del que se decía era canónigo. O canónico. O ambas cosas.

A uno de los lados, tras el portón abierto de la Casa Tarín, en su húmedo zaguán arrancaba la escalera que subía a la “Peña el Cachirulo”. Tal vez toda la casa se tambalease como una abuela doliente de lumbago —o ebria de vermú Cinzano— pero aún renqueante seguía siendo un palacio. Hoy sólo es una fachada, como un decorado de película de folleteo y espadachines.

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Pero en realidad todo este asunto del zaguán y los artistas sucedía medio siglo después de lo otro, lo que llevo queriendo contar desde el principio, lo importante, a lo que ahora voy.

En octubre de 1928 un joven sacerdote de Barbastro, de nombre José María, recibió una inspiración divina instándole a abrir “un nuevo camino dentro de la Iglesia”. Ya en 1964, estando “la Obra” consolidada e inserta en la propia dictadura, el Arzobispo Casimiro Morcillo antes de marchar a ocupar su cargo en Madrid “desvinculó” la Iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz a fin de encomendársela de forma exclusiva a los sacerdotes del Opus Dei.

El que una de las parroquias más antiguas de la ciudad fuese entregada al poderoso Opus no agradó a toda la feligresía. Por aquellos días algunos párrocos de barrio relacionados con “Acción Católica” mostraban “peligrosos” grados de empatía con la clase trabajadora. No era pues extraño el que el sínodo episcopal —el propio Morcillo era procurador en Cortes— apoyase una contraprestación conservadora. En 1982, durante el papado de Juan Pablo II, el Opus Dei se convirtió en prelatura, o dicho de otro modo, en una institución con potestad para llevar a cabo “obras pastorales” bajo la dirección de un prelado independiente.

En alguna escala de este apostólico viaje las fincas antes citadas, a saber; el 20 y 22 de la calle Espoz y Mina y el 24 de la de Santa Cruz, pasaron a pertenecer al Opus. En sus solares arrancó en 2009 la construcción de unos edificios destinados a “Sanidad y eneficencia”, según consta en el Catastro. El proyecto quedó paralizado por la crisis —o así se dijo— y rodeado de opacidad no se concluyó hasta 2014.

Digamos que por desgracia ese tramo de acera de la calle Espoz y Mina, a pesar de la presencia en él de inmuebles tan valiosos como la propia parroquia, la casa Corralé, el palacio de los Pardo o la trasera de Montemuzo, ha quedado ya rematadamente desvirtuado. Tal vez por eso las construcciones allí recayentes “duelan” menos.

Sí “duele” en cambio lo edificado en el solar restante.

Sobre casi 2000 metros cuadrados, numerado como Plaza Sta Cruz nº 8, se alza un terrible edificio de tres alturas brutalmente desacorde con el conjunto, que oculta al templo y a su campanario, el cual no es visible hasta que enfilas la calle.

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fotografías:
(*) Plaza Sta Cruz. Gerardo Sancho Ramo, 1966, AMZ.. (*) Plaza del Arte, Gerardo Sancho Ramo, 1973 AMZ.. (*) Gerencia de Urbanismo. ca. 1980 AMZ.

The maid of Saragossa/La chica cañón.

The Maid of Saragossa

Toda esta historia comienza una mañana de julio, cuando una moza acude a llevar vituallas, y quizá también, pues no dejaría de ser patriótico Marilyn lo hizo— a dejarse mirar y piropear para animar a los hombres que desde las tapias del Portillo intentaban repeler a las tropas que amagaban entrar en la ciudad.

Con apenas 22 años, casada con el artillero Joan Roca, dicen que no del todo feliz, se había visto forzada a acompañar a su marido a su puesto en la defensa de Zaragoza. Para colmo de males una vez aquí éste la había dejado sola por haber sido enviado a pegar tiros por Belchite. No es extraño pues que la joven estuviese indignada; con la guerra, con los invasores, con la profesión de su marido y hasta con Palafox, quien, no es por criticar, tenía la diplomacia en el culo.

Las muros de ladrillo se pulverizaban en el ataque. Entre el polvo y los escopetazos los defensores habían casi desmayado. Algo de eso debió de sucederles a los artilleros a cargo de un tremendo cañón de 24 libras traído de Lérida, pues en Zaragoza no había semejantes—. Por cansancio o descoordinación habían dejado la pieza sola y extramuros, con lo que viéndola enmudecida los franceses se habían aproximado de forma casi irreversible.

La mujer, que llegó justo entonces, se percató, nadie sabe cómo, de que el cañón ya estaba provisto de balas y metralla, necesitando sólo la aproximación del botafuego. Desprotegida por completo corrió hasta su emplazamiento y realizó ella misma el disparo, pillando a los imperiales desprevenidos, que reblaron espantados. Los encargados de la batería recuperando el aliento y el valor la secundaron, con lo que la situación se salvó. No consta que al disparar ella pronunciase ninguna vehemente frase dirigida a los asaltantes. De haberlo hecho supongo que hubiese sido en catalán.

Arrimarse a un cañón de ese calibre, situado fuera de las tapias, envuelto en humo y caliente como un diablo, fue una osadía meritoria. Por desgracia Palafox no estaba ahí para verla. Siquiera se encontraba en la ciudad. Por ende jamás pudo darse la famosa escena en la que él le pone a ella la chaquetilla del artillero sobre los hombros. Sabemos, eso sí, que ordenó que fuese incluida en la nómina, pues así viene registrada por el contable Manuel Coletas en sus libros, quien para no llevarse la bronca de sus superiores, extrañados al ver un nombre de mujer, escribió en el margen: “por orden de Su Excelencia”. Es este un asunto que conocemos gracias a la admirable y constante investigación de Luis Sorando. Ser artillera permitió a la heroína participar del rancho del ejército y recibir una modesta paga. Lo que ya es dudoso es que alguno de los sastres de la ciudad, por entonces hasta arriba de trabajo uniformando tropa, se tomase el tiempo de confeccionar “de propio” una casaca de mujer. Se presume que de momento se apañaría con una de hombre o continuaría con su ropa.

A todo esto, se llamaba Agustina.

Se hizo famosa por lo del cañón hasta el punto de que en una estancia posterior en Cádiz dicen que el mismísimo Wellington (otros que el general Doyle) le obsequió con un par de pistolas incrustadas de nácar y marfil. También le rogó que le regalase sus pendientes (según otras versiones unas insignias que llevaba en el pecho) para enviarlos a Londres y que fuesen exhibidos.

Esta es la historia más o menos. Podría añadir subtramas relativamente documentadas, como que ya durante los asedios Agustina se relacionaba con un soldado llamado Luis Talarbe, que fue con el que soportó las penurias de la capitulación, ya que daba por muerto a su marido. Pero no estaba muerto. Que no. Apareció en 1815 y reclamó a su legítima, con lo que Talarbe con el corazón roto partió a servir en América, donde se casó y prosperó.

Para cuando en 1821 confinado en Santa Elena falleció el causante de todo aquel chandrío, un tal Napoleón, Agustina tenía 31 años y había perdido a un hijo en el trayecto. Un año después enviudaría, esta vez de verdad, y dos más tarde volvería a casarse, ahora con un médico almeriense con el que tampoco fue feliz, optando finalmente por marchar a Ceuta con su hija Carlota, que fue quien noveló buena parte de lo que sabemos.

Conocemos el rostro de Agustina porque en septiembre de 1808, tras el primer asedio, Juan Gálvez y Fernando Brambila vinieron a Zaragoza para tomar apuntes solicitados por Palafox. Se supone que fue entonces cuando Gálvez realizó su primer retrato a lápiz. Algo después llegó Goya, también con una misión similar, siendo necesario aclarar que ni él ni los anteriores lo hacían sólo por amor al arte sino llevando un proyecto editorial en la cabeza. En el caso de Don Francisco, genial pero contreras, en cuenta de a la mujer inmortalizó la hazaña en su grabado “¡Qué valor!”.

Después regresó la realidad y se trajo con ella a cerca de 40.000 franceses, por lo que la guerra continuó.

Plaza Portillo. Benlliure. Estudio Coyne. ca. 1950. (AHPZ).

Sin salir del tema de los retratos he de mencionar de nuevo a Luis Sorando, pues fue él quien visitando una web de subastas localizó en una galería de Viena una deliciosa miniatura en la que aparecía una mujer uniformada. Su única charretera de subteniente la hacía reconocible. Agustina, que en su periplo andaluz de 1809 visitó Gibraltar, fue retratada allí por un pintor desconocido a instancias del diríase que enamorado coronel Landmann.

Y es que al contrario que los actuales, que tienden a otros ocios, los británicos de entonces eran unos románticos. A la hora de enfatizar su gesta no obviaron realzar su feminidad. Sin el aire castrense de nuestra Agustina patria la de ellos hubiese servido para estampar camisetas como icono de erotismo, rebelión y libertad.

Lord Byron la citó como la “Doncella de Zaragoza” (Maid of Saragossa) en su larguísimo poema “Las peregrinaciones de Childe Harold”, de 1812, donde afirma que «cuando su amante cayó ella no derramó una lágrima y corrió tras los enemigos que huían». De 1829 es el cuadro “The Defense of Saragosse”, de David Wilkie, quien pone una peineta a una Agustina furiosa a la que no refleja sola junto al cañón sino comandando una acción trepidante en la que no falta un fraile en primera línea. El cuadro fue expuesto ese mismo año en la “Royal Academy”, siendo adquirido por el rey Jorge IV. Algo mas tarde, en 1859, se editó en Londres un libro titulado “The Illustrated Byron” que reunía 200 grabados sobre su obra, dedicándole un par de ellos a la “Doncella de Zaragoza” donde de nuevo vemos a la joven liderar una tropa heterogénea formada por banderilleros, goyescos, joteros y bandoleros de Sierra Morena, apareciendo de nuevo tras ella, cómo no, el desaforado fraile que eleva el crucifijo. Y existe también un retrato dibujado por J Champagne que llevado a grabado por Hollyer apareció en diferentes publicaciones de la época. En él Agustina, con el moño sugerentemente deshecho, apoya una mano sobre un pequeño cañón y levanta con la otra una cruz.

Una copia de ésta última lámina, editada en 1858, pertenece al fondo documental de las Cortes de Aragón, donde también se conserva otra de 1857 que reproduce en grabado la estatua, obra de John Bell, “The Maid of Saragossa”. Aquí el escultor representó a la heroína desprovista de cañón (aparece una bala en el suelo), una preciosidad si obviamos el lema de la base, “Guerra al cuchilla”, y el arrebato religioso de Agustina, que ataca a Lefebvre con un Cristo, como si fuese Drácula. Nada diré de la grafía “Saragoza”. La web del Fondo Documental Histórico de las Cortes está vergonzosamente caída, por lo que desconozco en qué año, cómo y por qué llegaron estas láminas a la Institución.

Dicha escultura de John Bell fue instalada en 1857 en el “Palacio de Cristal” de Londres, en Sydenham Hill (Había sido elevado inicialmente en Hyde Park con motivo de la Exposición Mundial de 1851). El asombroso edificio albergó, sobre todo, una enorme colección de reproducciones clásicas, abarcando todas las épocas y estilos. La “Dama de Zaragoza” fue exhibida rodeada de personajes mitológicos. Hasta que en 1936 un incendio devastó por completo el conjunto. Las pocas esculturas supervivientes fueron amontonadas rotas en los jardines. Por las fotos podemos localizar dónde se ubicaba la figura de Bell antes del incendio, pero mis escasos medios no me permiten averiguar si ésta se consumió en el siniestro o si trasladada al exterior cayó en el olvido cubierta de hierbajos. Al parecer todavía hoy pueden verse desperdigados por la zona restos de estatuas.

La miniatura de Gibraltar fue felizmente adquirida por la Fundación Ibercaja y hoy se exhibe en el “Museo Goya”. Otros retratistas, como Asensio Juliá y Lucio Rivas tendieron al tópico. Agustina Atienza Cobos, nieta del personaje, becada por el Consistorio zaragozano realizó en 1885 un elegante retrato de cuerpo entero. Es aquel famoso cuadro que el alcalde Santisteve colocó en su despacho tras retirar el de Felipe VI.

Por su parte la Agustina que en 1908 Benlliure moldeó en bronce para el grupo escultórico del Portillo era una moza alcañizana residente en Zaragoza que recibió cien duros del artista y otros cincuenta extras del rey Alfonso XIII. Según cuenta ella misma, si bien posó en traje de baturra y con recogido, el escultor prefirió desmelenarla y posteriormente vestirla de uniforme.

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(*) “The Maid of Saragossa”. John Bell/Roffe/William. ca. 1858. Fondo Cortes de Aragón.(*) “The Maid of Saragossa”. Champagne/J. Hollyer. University of Michigan. ca. 1858. Fondo Cortes de Aragón. (*) Catálogo del Crystal Palace. “Sphere Magazine”. 1936. (*) Dos tomas en las que aparece “The Maid of Saragossa en su contexto, extraídas de la web “Sydenham Town Forum”. Foto y fragmento. Estudio Coyne. ca. 1950. (AHPZ). (*) Retrato de Agustina de Aragón. Museo Camón Aznar. Luis Correas.