Mes: septiembre 2017

memento mori y tal y tal. (García Mercadal)

García Mercadal

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Dicen los etimólogos, no los que estudian los insectos sino los de las palabras, que el término “arquitecto” es el resultado de unir “archos” y “tecton”, jefe y constructor.

En el siglo XX Fernando García Mercadal, un señor de Zaragoza que ejerce los dos oficios mencionados, trae a España a Le Corbusier y le enseña el Escorial. García Mercadal es también nuestro primer arquitecto racionalista. Chúpate esa y tradúcelo al griego, Policleto.

Su cargo en el Ayuntamiento de Madrid durante la 2ª República, sumado a una manifiesta admiración hacia la URSS, le llevó a ser depurado a la llegada del franquismo. Tras varios años de inhabilitación pasó a ser arquitecto en el Instituto Nacional de Previsión, donde una década más tarde se le encargó poner techos y paredes al reinventado sistema de salud. Así fue como en 1947 terminó diseñando para su propia ciudad el complejo sanitario más grande de todos los tiempos.

Vale. Me ha podido el chauvinismo, que no sé cómo se dice en fabla.

Si no el más grande, fue uno muy grande.

No poseo la titulación adecuada para pormenorizar las características técnicas de su obra. Sin embargo, y aun faltándome un par de asignaturas de quinto de Ciencias de la Suposición, me siento cualificado para dar por seguras las exclamaciones de los españolitos de entonces, domiciliados en su mayoría en inmuebles modestos, en gran parte infradotados, cuando atravesasen estos diáfanos y luminosos vestíbulos dignos de un palacio gubernamental, y constipados, descalcificados, epidemiados, ulcerosos, inflamados, preñados, rotos o febriles oyesen resonar sus propios pasos en las pulimentadas salas y pasillos.

Dicen las fotografías que en otro tiempo el hospital poseyó una vanguardista capilla cubierta por una semiesfera de hormigón. De planta circular y prácticamente exenta, tal vanguardismo no intimidó a quienes matasellaron su condena y fue barrida en los años 80 a fin de hacerle sitio al amontonamiento de volúmenes en el que la Casa Grande había derivado.

Dicha capilla y su cripta, que dada la distribución de plantas del complejo quedaba a nivel de calle, compondrían un espacio distanciado emocionalmente del murmullo hospitalario y sin barrocas distracciones proporcionarían al angustiado una línea directa con la divinidad, que es lo que suele hacer más falta en los hospitales.

No obstante, sin la colaboración de un mínimo y solidario Ecce Homo, es muy posible que algunas primitivas almas dudasen si se estaban dirigiendo al Dios adecuado y afín al Régimen.

A pesar del aspecto kubrickiano del conjunto y del tono socializante de todo el edificio, España seguía donde estaba. De ahí que intransigente ante el subdesarrollo el arquitecto dosificase la funcionalidad y la belleza de sus creaciones a fin de que pasásemos por alto el apasionado affair entre éstas y el dolor, en una época en la que enfermarse aún era un inconveniente peligroso.

Viendo como cosas lejanas la desnutrición y la tuberculosis, hoy calificamos de impersonales y fríos a este tipo de construcciones sin detenernos a disfrutar del encanto de su asepsia. Carente en apariencia de poesía, sin goticismo alguno, la higiénica “Residencia Sanitaria José Antonio“ a pesar de su estrafalario nombre fue de joven un edificio muy hermoso.

Quiso el ministro, o quizá fuera el mismísimo caudillo, su encantadora esposa o el relicario de Santa Teresa, que el solar del nuevo hospital zaragozano lindase con el que entonces se conocía como parque Primo de Rivera, por lo que de mirar hacia el Sur desde alguna de las amplias terrazas —hoy inutilizadas—, García Mercadal vería entre las copas de los árboles los techos del Rincón de Goya, su vital aportación a la arquitectura del siglo, que de estar ubicada en Stuttgart supondría colas de turistas. Aunque no de los que se despelotan en los bares, que son los que nos gustan, sino turistas cultos que a nadie interesan.

En esa soledad el genio lloraría lágrimas de tinta china comprobando la mutación padecida por su obra. El que fuera emblemático y delicado edificio, ahora disfrazado de baturro falso y fascista, servía de sede a la Nosequé Femenina, una organización casta y plasta ajena a los sensuales volúmenes del racionalismo.

En 1965 y con 69 años Fernando García Mercadal, procurando mantener cierta armonía con la primitiva obra se hizo cargo de lo que será Traumatología. Y al poco del Hospital Materno-Infantil, anejo a la Casa Grande y donde ha nacido casi toda Zaragoza.

Después riñó con el organismo —por fin—. Y se las piró.

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Respecto a la cripta mencionada y destinada a los velatorios, en la misma línea insurgente del resto del conjunto asombra ver en una de sus paredes la frase de Séneca; «Aquel que tú crees que ha muerto, no ha hecho más que adelantarse en el camino», siendo Séneca al fin y al cabo cordobés pero pagano, además de un suicida.

La otra frase fue escrita en su “Guía de Pecadores” por Fray Luis de Granada, iluminado dominico por el cual la Santa Inquisición se tomó un insano interés. Aunque ignoro de qué forma el verso aparecía resumido en la inscripción, en su versión original más o menos reza así; «Si es sabio médico el que sabe ordenar la medicina para la salud, que es el fin de esa medicina, será perfectamente sabio quien supiese ordenar su vida para la muerte… …a la cual se debe ordenar toda la vida ».

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Procedencia de las fotografías:

https://www.facebook.com/groups/fotosantiguasdezaragoza/permalink/1414411448597707/

http://www.bancodeimagenesmedicina.com

https://zaragozaarquitecturasigloxx.com